¿QUÉ RIESGO ASUMEN LOS POLITICOS CUANDO GASTAN TU DINERO?

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El Lujoso Deporte de Gastar Pólvora en Infiernitos (Ajenos)

O cómo administrar la caja chica más grande del mundo sin arriesgar ni el peinado

Queridos y fiscalmente asaltados lectores de La Neta:

Si ustedes son de los que pierden el sueño pensando si les va a alcanzar para la renta, o si abren la cortina de su negocio con el mismo nervio con el que un torero sale al ruedo, permítanme decirles que han elegido el camino difícil. En este México nuestro, existe una casta divina que jamás ha sentido ese bajón de azúcar que provoca ver una cuenta bancaria en números rojos: nuestros políticos.

Pero vayamos por partes, como decía Jack el Destripador.

Para que el Gobierno tenga un centavo en la bolsa, solo existen tres caminos, y ninguno implica que ellos se pongan a trabajar. El primero es el impuesto, esa contribución “voluntaria” que nos quitan con la misma calidez con la que un asaltante te pide la hora en un callejón. Como bien decía Thomas Hobbes, el Estado es ese Leviatán al que le cedemos fuerza para que nos proteja, pero a veces parece que el monstruo tiene un hambre insaciable y prefiere cenarse nuestros ahorros.

El segundo camino es la deuda. Es decir, el Gobierno pide prestado hoy prometiendo que nosotros —y nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos— pagaremos mañana. Es como si su primo el “vividor” sacara una tarjeta de crédito a nombre de usted, se fuera de fiesta y luego le dejara el estado de cuenta en la mesa.

Y el tercero, ¡ah!, el tercero son nuestras empresas “productivas”. Entre comillas, porque PEMEX y la CFE parecen más bien pozos sin fondo donde el dinero entra, pero la eficiencia nunca sale. Como decía mi abuela: “Lo que es de todos, no es de nadie; y lo que no es de nadie, cualquiera se lo lleva”.

El riesgo de los otros

Aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Un emprendedor mexicano —desde el que tiene una taquería en la esquina hasta el que fabrica zapatos en León— arriesga su patrimonio, su tiempo y la tranquilidad de su familia. Si el negocio quiebra, el empresario se queda sin nada.

Hay una responsabilidad ética y real. Nassim Taleb lo llama “jugarse la piel” (Skin in the Game). Si no hay riesgo propio, no hay prudencia.

¿Y el funcionario?

¿Y el director de la paraestatal que gasta como si hubiera encontrado la lámpara de Aladino? Para ellos, el riesgo es un concepto abstracto, algo que solo le pasa a la gente común. Administran flujos que no sudaron, inventan proyectos que no funcionan y, si las cosas salen mal, simplemente piden una ampliación presupuestal.

Es más fácil ser generoso con el sombrero ajeno. Mientras el taquero hace malabares para pagar la nómina y el IMSS, el burócrata de alto nivel decide el destino de miles de millones con la ligereza de quien juega Monopoly.

Al final del día, nos queda una reflexión agridulce: tenemos una clase gobernante que juega a ser empresaria con nuestro dinero, pero que nunca ha sentido el vértigo de no saber si habrá para la raya del sábado.

Desde algún café donde la cuenta sí se paga con esfuerzo propio…


PD: Si usted se siente mal por sus finanzas, recuerde que para el Gobierno usted no es un ciudadano, es una fuente de financiamiento no reembolsable.

PD2: Dicen que el dinero no da la felicidad, pero ver cómo los políticos lo gastan en proyectos fantasmales ciertamente da una envidia muy poco cristiana.

PD3: A los que todavía creen que el presupuesto es “dinero del gobierno”: asómense a su recibo de nómina y vean cuánto les costó ese puente que no lleva a ninguna parte.

PD4: El riesgo en la política mexicana es como el Yeti: todos hablan de él, pero nadie lo ha visto pagar una consecuencia real por un mal negocio.

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