El Contrato Social que se Llevó el Diablito O cómo el Estado mexicano nos dejó en visto en materia de seguridad
Queridos y territorialmente vulnerables lectores de La Neta:
Si uno se pone a desempolvar a esos señores europeos con peluca que inventaron la ciencia política, como un tal Thomas Hobbes o un tal Max Weber, descubrirá que el Estado no se inventó para organizar mañaneras ni para inaugurar obras. Se inventó para una sola cosa fundamental: que no nos matemos los unos a los otros en la vía pública. El trato original era simple, un verdadero ganar-ganar: los ciudadanos cedemos nuestro derecho a usar la fuerza, pagamos nuestros impuestos, y a cambio, el gobierno nos garantiza que podemos ir a comprar el pan y la tortilla sin necesidad de usar chaleco antibalas. Era un contrato social bellísimo. Más claro que la cuenta en una taquería.
Pero vayamos a nuestra realidad. Al parecer, la Cuarta Transformación traspapeló ese contrato o lo usó para calzar una mesa coja en Palacio Nacional. Hoy, el “monopolio de la fuerza legítima” que debería tener el Estado se ha repartido con la misma alegría y descontrol con la que se reparte la barbacoa en una boda de rancho. Exigir que el gobierno te cuide se ha vuelto más improbable que encontrar la fila vacía en el Seguro Social un lunes por la mañana.
Los académicos, que son muy finos para nombrar las tragedias, le llaman a esto “Estado fallido”. Y ojo, que el término no significa que el Estado se haya tropezado y raspado la rodilla. Significa que el gobierno ya no controla las llaves de la casa. Significa que en amplias regiones del país, el toque de queda lo dictan convoys de camionetas polarizadas, mientras las autoridades oficiales reparten abrazos como si fueran volantes de pizzería. Como decía mi abuela: “Prometieron limpiar la casa, pero terminaron dándole las llaves al ladrón y pidiéndole que por favor se porte bien”.
Morena nos prometió una transformación pacífica, pero nos entregó la administración burocrática del caos. Nos han querido convencer de que gobernar es construir infraestructura y repartir dinero, olvidando convenientemente que la seguridad no es un lujo fifí ni un capricho conservador. Es la función número uno de cualquier país que se respete. De nada sirve una beca en la cartera si el joven que la recibe no tiene la garantía de regresar vivo a su casa después de la escuela. El Estado mexicano, en su función primordial, está por los suelos. Nos han dejado huérfanos de autoridad.
La seguridad pública no se logra con buenos deseos ni con regaños maternos televisados. Se logra asumiendo la responsabilidad que otorga la Constitución, con pantalones y con instituciones fuertes.
Desde algún café donde todavía podemos sentarnos de espaldas a la puerta sin hiperventilar, me despido.
PD: Si Thomas Hobbes hubiera nacido en el México actual, “El Leviatán” no sería un tratado de ciencia política, sino el guion de una serie de terror en Netflix. PD2: Guarden este artículo. Si seguimos a este paso, el próximo sexenio el SAT nos va a pedir que deduzcamos el pago de piso como “gastos operativos indispensables”. PD3: A los que todavía aplauden y dicen que el país está en paz y vamos muy bien: los invito cordialmente a transitar de noche por cualquier carretera federal. Ahí me cuentan quién gobierna de verdad.


