¿EN YUCATÁN TIEMBLA?

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O de cómo la tierra yucateca aprendió a bailar sin necesidad de jarana

Queridos y sísmicamente sorprendidos lectores de La Neta:

Si algo nos presumían nuestros amigos de la Península —además de su cochinita pibil y esa envidiable capacidad de dormir la siesta a 40 grados— era que el suelo era tan firme como la palabra de un abuelo. “Aquí no tiembla”, decían con la seguridad de quien sabe que el mar no tiene baches. Pero como decía mi tía de Mérida: “Tanto va el cántaro al pib, hasta que se rompe”. Resulta que este 2025, Yucatán ha decidido que siempre sí quiere participar en el alboroto geológico nacional.

Pero vayamos por partes, como decía Jack el Destripador.

Resulta que la famosa Falla de Ticul, una fractura que llevaba siglos más dormida que un burócrata después de la comida, ha decidido desperezarse. No es que el fin del mundo esté tocando a la puerta de Chichén Itzá, pero en lo que va del año ya sumamos cinco sismos. Sí, leyeron bien: cinco. El más reciente, un “sacudidón” de 3.9 grados que puso a vibrar las jicaritas de Ticul este 17 de abril.

El despertar de la “Escarpa”

Los expertos, esos señores que saben de piedras y profundidades, dicen que se trata de reajustes internos de la corteza. Agárrense de sus butacas: la Falla de Ticul es una estructura de 100 kilómetros que ahora le dio por recordar que está viva.

Para que se den una idea, que tiemble en Yucatán es tan improbable como encontrar estacionamiento en el Centro en plena Navidad, o más raro que ver a un político cumpliendo promesas de campaña sin que haya cámaras enfrente. Sin embargo, ahí están los datos: sismos de magnitud 3.5, 3.7 y hasta uno de 4.0 en diciembre pasado que se sintió a 5 kilómetros de profundidad.

No es para entrar en pánico, pero sí para dejar de mirar al suelo con tanta confianza. La estructura kárstica de la región —ese queso gruyère de piedra caliza que tanto amamos— está acomodándose. Es como cuando uno se sienta en un sofá viejo: de pronto un resorte decide que ya no quiere estar donde estaba y ¡pum!, el brinco es inevitable.

El mito de la tierra inmóvil

Históricamente, nos han vendido la idea de que la Península es un bloque de concreto sobre el Caribe. Pero los registros no mienten: desde 1900 han ocurrido al menos 84 eventos en la región. Lo que pasa es que antes les decíamos “pasó un camión muy pesado” o “seguro fue el Alux que anda travieso”. Hoy, el Servicio Sismológico Nacional nos confirma que la tierra tiene sus propios planes coreográficos.

Afortunadamente, hasta ahora el saldo es blanco: ni una albarrada caída ni un solo panucho derramado. Las autoridades dicen que están coordinadas, lo cual siempre nos da un poquito de escalofrío (porque ya sabemos cómo es la coordinación oficial), pero por ahora, el susto no pasa de ser la anécdota del café.

La lección es clara: en este México lindo y herido, ni el suelo más firme es garantía de nada. Habrá que ir acostumbrándose a que la “Tierra del Faisán y del Venado” ahora también sea, ocasionalmente, la tierra del “¿viste cómo se movió la hamaca?”.


Desde algún rincón donde todavía se puede escribir esto sin que se mueva la mesa…

PD: Si sienten que el suelo se mueve, primero revisen si no se pasaron de raciones de Xtabentún. Si no es eso, entonces sí, es la Falla de Ticul saludando.

PD2: Dice el SAT que si su casa se agrietó por el sismo, eso cuenta como “remodelación espontánea” y hay que declarar el aumento de valor catastral. No les den ideas.

PD3: A los que dicen que “en Yucatán nunca pasa nada”, les recuerdo que la naturaleza no tiene palabra de honor, y menos cuando lleva siglos guardando silencio.

PD4: Guarden los cascos, pero mantengan la calma. Como decía mi abuela: “El que se asusta, tropieza; el que se fija, bosteza”.

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