O como la máxima mexicana “El que no tranza no avanza” se convirtio en la norma.
Queridos y legalmente ingenuos lectores de La Neta:
Hoy vengo a compartirles el descubrimiento más deprimente de mi vida adulta, y miren que compito contra varios. Resulta —y tengo los papeles para probarlo— que en México portarse bien no es una virtud: es un modelo de negocio pésimo. De esos que quiebran en el primer trimestre mientras el de junto, que hace absolutamente todo mal, abre su tercera sucursal y estrena Porsche.
Se los digo con el corazón de quien todavía hace fila. Agárrense de sus butacas, porque vamos a recorrer, con cifras oficiales y no con corajes de sobremesa, el país al revés: ese lugar mágico donde el semáforo en rojo es una sugerencia, la fila es un pasatiempo para nostálgicos, y al que saca todos sus permisos se le mira con la misma ternura con que se mira a un dinosaurio que no se enteró del meteorito.
El cuadro de honor de la trampa
Empecemos por los triunfadores. En la cúspide de la pirámide del éxito mexicano no está el que innova ni el que madruga: está el facturero. Ese emprendedor visionario que descubrió que vender facturas de operaciones que jamás ocurrieron es más rentable que operar de verdad. Y no es impresión mía de cantina: entre 2014 y 2019 el propio SAT identificó más de ocho mil empresas fantasma que emitieron cerca de nueve millones de facturas falsas por un monto de 1.6 billones de pesos —con “b”, queridos lectores, de “bandidos”—, con un fraude estimado en 354 mil millones, el equivalente a 1.4% de todo lo que produce el país en un año.
¿Y qué les pasó a estos genios de las finanzas? Aquí viene el chiste, y es del humor más negro: para 2025 había mil quinientas carpetas de investigación contra empresas fraudulentas congeladas en los tribunales porque ningún juez había girado una sola orden de aprehensión. Ni una. Es como tener el video del robo, la cara del ladrón, su domicilio y hasta su Instagram, y decidir que mejor lo dejamos así para no incomodarlo. El facturero no solo no pisa la cárcel: probablemente esté leyendo esto desde la playa, molesto porque le interrumpí el bronceado.
Sigamos con el desarrollador inmobiliario, otro campeón nacional. ¿Para qué tramitar una manifestación de impacto ambiental, esperar meses y gastar una fortuna, si el supervisor que llega a la obra acepta una gratificación que cuesta menos y resuelve más rápido? En el México al revés, la mordida no es un costo: es una tarifa exprés. Es la versión corrupta del envío el mismo día. El que levanta su torre sin permisos la termina antes que el que se fue por la vía legal; y cuando el segundo por fin obtiene su licencia, el primero ya vendió los departamentos y anda buscando terreno para la siguiente.
Y presidiendo el banquete, la clase política. No hablo solo de los ex-gobernadores señalados por desviar fortunas, esos que hoy o son prófugos cómodamente instalados en el extranjero, o acuden a sus audiencias como quien va al dentista: fastidiados, pero sin miedo de verdad. Hablo también de algo más sutil y, en el fondo, más ofensivo: los que ni siquiera necesitan romper la ley para insultarnos, porque les basta con romper la que ellos mismos predican. En 2025, mientras el movimiento en el poder repetía como mantra la “austeridad republicana” y el “primero los pobres”, el hijo del expresidente —secretario de organización de su partido— fue fotografiado saliendo de una tienda Prada en uno de los barrios más caros de Tokio y desayunando en el bufet de un hotel de lujo japonés. Seamos honestos, que esta casa lo es: viajar no es delito, y él respondió que lo hizo con recursos propios y en vuelos comerciales. Está en su derecho. El problema no es legal; es que el sermón de la austeridad suena distinto cuando se predica con una bolsa de Prada colgando del brazo. En este país hasta la hipocresía goza de fuero.
El infierno de los cumplidos
Ahora crucemos al otro lado del espejo, donde vivimos los tontos: los que pagamos impuestos, hacemos fila y sacamos permisos. Nuestro castigo por portarnos bien es de una crueldad exquisita: nos hacen la vida imposible.
¿Un dato para no sentirse solos en el martirio? Según la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental del INEGI, en 2023 el 14% de quienes hicieron un trámite vivieron algún acto de corrupción, y —agárrense— el trámite para abrir una empresa fue el segundo con más experiencias de corrupción de todo el país, con 27.5%. Léanlo despacio: en México, intentar crear un negocio formal, generar empleos y pagar impuestos, es de los momentos en que más probable es que le pidan mordida. Premiamos con obstáculos exactamente la conducta que juramos querer fomentar. Y para más de ocho de cada diez mexicanos, la corrupción al hacer un trámite ya no es una anécdota: es el clima, lo normal, lo que se da por descontado.
La coreografía la bailamos todos. Uno llega con su expediente impecable —uso de suelo, factibilidad, licencia de funcionamiento, todo en orden— y el expediente, misteriosamente, se hunde hasta el fondo de la pila. Ahí se queda, criando polvo, como promesa de campaña. Mientras tanto, el de junto, que llegó con la mitad de los papeles pero con el sobre completo, ve cómo su carpeta flota hacia arriba con una ligereza casi mágica, sale en tiempo récord y encima le dan las gracias. En la ventanilla mexicana rige una física propia: lo correcto pesa y se va al fondo; lo incorrecto es ingrávido y sube solo.
Lo verdaderamente perverso es que el sistema no te pide la mordida por maldad gratuita. Te la cobra como peaje. Te arma un laberinto de requisitos tan absurdo —el propio INEGI reporta que en cuatro de cada diez trámites la gente tuvo algún problema, y el más común, en 82% de los casos, fue precisamente la barrera burocrática— que llega un punto en que el soborno deja de ser una tentación y se vuelve la única salida de emergencia. Te empujan a corromperte y luego te miran con desprecio por corromperte. Es como si un cajero te escondiera el producto detrás del mostrador y después te acusara de ladrón por preguntar dónde está.
La aritmética perversa
Metamos todo esto en la calculadora, que es donde las cosas dejan de ser opinión y se vuelven aritmética. En México, de cada cien delitos apenas tres se denuncian; y de esos tres, apenas tres de cada cien terminan en una sentencia. Traducido a probabilidad pura: quien comete un delito en este país tiene menos del 1% de posibilidades de ser castigado. Menos del uno por ciento. En 2024, de 33.5 millones de delitos cometidos, 33.1 millones quedaron impunes. La Universidad de las Américas nos coloca en el lugar 80 de 94 países en su Índice Global de Impunidad, en la selecta compañía de Rusia, Haití y Honduras. No es que estemos mal: es que estamos en el pódium mundial de la impunidad, y ni así nos abuchean el himno.
Con esos números sobre la mesa, la conclusión es fría y matemática: hacer trampa en México no es un vicio moral, es una decisión racional. El que se salta el alto ahorra tiempo; si lo paran, una mordida menor que la multa; probabilidad de castigo real, redondeando, cero. El que se cuela en la fila gana quince minutos a cambio de una mirada de reproche que a nadie le ha costado un solo peso. El país entero está diseñado como un examen donde copiar sale barato, entregar en blanco sale gratis, y estudiar toda la noche te garantiza, cuando mucho, la satisfacción íntima de haber sido el único distraído del salón.
Cierre
Entonces, queridos lectores, ¿dónde nos deja esto a los que insistimos en hacer las cosas bien? En una posición incómoda y, hay que admitirlo, un poco ridícula: la del que sigue las reglas de un juego que todos los demás dejaron de jugar hace rato. Somos los que esperamos el verde aunque no venga nadie. Los que guardamos el ticket. Los que decimos “es que así no se debe” mientras el mundo nos rebasa por la derecha, sin direccional y con una sonrisa.
Y sin embargo —porque siempre hay un “y sin embargo”, si no esta columna sería una carta de renuncia cívica—, ahí seguimos. No por tontos, aunque a ratos lo parezca, sino porque en el fondo entendimos algo que la aritmética no mide: que un país no se sostiene con los que hacen trampa y ganan, sino con los necios que hacen fila aunque pierdan. Somos el andamio invisible. El día que también nosotros nos colemos, nos saltemos el alto y compremos la factura falsa, no habrá país que administrar: solo despojos que repartir. Así que sí, seguiremos siendo el distraído del salón. Alguien tiene que serlo. Y prefiero ser ese a ser el que estrena Porsche sin poder verse al espejo.
Desde algún café de Mérida donde todavía se hace fila para pagar la cuenta,
La Neta.
PD: Le dedico esta columna al funcionario que, la próxima vez que usted vaya a hacer un trámite en regla, le dirá con cara de tedio: “es que le falta un documento”. Falta uno siempre. El documento que falta es el que no existe, el que nadie sabe emitir, el que solo aparece —oh, milagro— cuando usted pregunta, en voz baja, “¿y no habrá otra manera de agilizarlo?”.
PD2 (para los que aún creen que la honestidad es negocio): saquen la calculadora. La corrupción en trámites nos costó a los mexicanos casi doce mil millones de pesos en un solo año, un promedio de 3,386 pesos por víctima. Los factureros defraudaron 354 mil millones sin que un juez firmara una orden. Y la probabilidad de que un delito se castigue anda por debajo del 1%. Si esto fuera la bolsa de valores, el índice “Trampa & Asociados” llevaría dos décadas rompiendo máximos históricos mientras el fondo “Honestidad Sustentable” cotiza en centavos. Nadie invierte en lo que no rinde. El verdadero milagro es que todavía haya quien lo haga.
PD3 (el remate): dicen que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, frase cómoda porque le echa toda la culpa al de arriba. Pero la impunidad no vive nada más en Palacio Nacional; vive también en el que se cuela en la fila del banco, en el que le desliza el billete al de tránsito, en el que presume que “conoce a alguien” para brincarse el trámite. La corrupción de los poderosos es apenas la versión mayorista de una que compramos todos al menudeo. El narcogobernador y el que se pasa el alto son el mismo señor en distinta escala. Da coraje aceptarlo, pero el país al revés no lo voltearon ellos solitos: lo volteamos entre todos, un atajito a la vez.
PD4 (y con esta me despido): si usted es de los que todavía hace fila, saca permisos y paga impuestos aunque nadie lo obligue ni lo aplauda, permítame decirle algo que ningún funcionario le dirá en la ventanilla: gracias. No lo hace por tonto. Lo hace porque alguien tiene que sostener la ficción de que este país puede funcionar. Guarde el ticket. Algún día, cuando por fin volteemos el mundo al derecho, esa fila en la que hoy pierde el tiempo será la prueba de que usted nunca se rindió. Y como decía la abuela: más vale llegar tarde y con la frente en alto, que temprano y sin poder mirarse a los ojos.


