La ira es el nuevo opio del pueblo
O cómo la venganza se convirtió en el único programa social que nunca sufre recortes
Hoy vengo a hablarles del sentimiento nacional por excelencia. No, no es el amor por la madre, ni la fe guadalupana, ni la certeza —matemáticamente comprobada— de que la selección nos romperá el corazón cuando más ilusionados estemos. Es el enojo. Ese calorcito en el pecho que sentimos al leer las noticias, al ver la fila del banco, al escuchar el discurso de cualquier político, al abrir cualquier red social a cualquier hora de cualquier día. Estamos enojados. Todos. Los que tienen poco, con razón. Los que tienen mucho, con abogados. Y los de en medio, que somos casi todos, con el celular en la mano.
Esta semana, mientras manejaba escuchando el radio como Dios manda —porque hay costumbres que ni la inteligencia artificial nos va a quitar—, oí una entrevista que me descompuso el desayuno y me compuso esta columna. El entrevistado era Agustín Basave: politólogo regiomontano, doctor por Oxford, exdiputado, expresidente nacional del PRD y, por lo tanto, un hombre al que nadie puede acusar de conservador neoliberal fifí sin hacer el ridículo. Basave anda presentando su nuevo libro, La era de la ira (Debate, 2026), y su tesis es tan sencilla que asusta. Permítanme resumírsela, y luego permítanme hacer lo que mejor sabemos hacer en este espacio: llevarla a donde el autor, por prudencia o por convicción, no la lleva.
I. El libro que me descompuso el desayuno
La tesis de Basave, dicha en cristiano, es esta: la globalización parió dos gemelas que no se hablan entre sí. La primera es la concentración de la riqueza: pocos que tienen muchísimo, muchos que tienen poquito. Eso, dirán ustedes con toda razón, no es noticia; la desigualdad es más vieja que las pirámides. Cierto. Pero aquí entra la segunda gemela: la distribución de la información. Antes, el campesino de Chiapas y el obrero de Ciudad Juárez sabían que les iba mal, pero no sabían con precisión estadística, en video vertical y en tiempo real, qué tan bien le iba al de arriba. Hoy lo saben. Hoy el que tiene poco trae en la bolsa del pantalón un aparato que le muestra, entre un tutorial de cocina y un video de gatitos, el yate, el reloj y las vacaciones del que tiene mucho. La desigualdad siempre estuvo ahí, como las pirámides; lo nuevo es que ahora todos traemos el folleto del tour.
Y sobre ese polvorín perfectamente informado, dice Basave, se pararon los que él llama —con una metáfora que me quito el sombrero por no haberla inventado yo— los anestesiólogos: líderes que no curan la enfermedad, pero hacen sentir de maravilla al paciente. Populistas de todos los sabores que descubrieron que el enojo social es el recurso natural más rentable del siglo XXI: no se agota, no paga regalías y se extrae con solo abrir la boca. Su modelo de negocio consiste en simplificar el mundo en un pleito de vecindad —pueblo bueno contra élites malas—, echarle gasolina al fuego y cobrar la entrada al incendio. El populismo, advierte el autor, es un «remedio que empeora la enfermedad».
Hasta aquí Basave, a quien recomiendo leer completo y a quien no pienso colgarle ni una sola de las palabras que siguen, porque lo que sigue es mío, y las demandas, en su caso, también.
Porque el libro habla del mundo: de Trump, de Europa, de la posracionalidad. Pero yo vivo aquí, queridos lectores, entre el mar y la milpa, y aquí la era de la ira no es una categoría académica: es el modelo de gobierno. Así que vayamos por partes, como decía Jack el Destripador, y diseccionemos al animal desde cinco ángulos: el individuo, la sociedad, la economía, la política y esa zona penumbrosa donde la ciencia del comportamiento explica por qué votamos, aplaudimos y tiramos piedras como lo hacemos.
II. Anatomía de un coraje (el individuo)
Empecemos por lo básico, que es donde siempre empiezan los pleitos: el corazón humano.
Aristóteles definió la ira, hace veinticuatro siglos, como un dolor acompañado del deseo de una revancha visible. Fíjense en la precisión quirúrgica: no basta con que el ofensor sufra; necesitamos verlo sufrir, o al menos saberlo. Séneca, más tarde, la llamó una locura breve. Y Martha Nussbaum, filósofa de la Universidad de Chicago, escribió en 2016 un libro entero (Anger and Forgiveness) para señalar el error de fábrica que la ira trae instalado de serie: la creencia mágica de que el sufrimiento del culpable restaura lo que perdimos. No lo restaura. Nunca. Pueden quemar al ofensor en leña verde y su despensa seguirá costando lo mismo, su clínica seguirá sin medicinas y su quincena seguirá durando doce días. La ira promete una restitución que no está en su catálogo entregar. Es el Ubereats de las emociones: el mapa dice que su pedido va en camino, pero el repartidor no existe.
Ahora bien: si la ira es tan mala inversión, ¿por qué la compramos todos los días? Porque la psicología ha documentado dos propiedades que la vuelven irresistible para cualquiera que quiera movernos como a peones.
La primera: la ira es una emoción de acción. A diferencia del miedo, que paraliza, o de la tristeza, que encierra, el enojo empuja hacia adelante; los psicólogos la clasifican, junto con el deseo, entre las emociones de aproximación. El que está en paz, descansa. El que está contento, se queda en casa. El que está enojado, marcha, vota, comparte, grita, dona, bloquea avenidas y —dato no menor— hace fila el día de la elección. Si usted fuera un profesional de la movilización de masas, ¿qué emoción cultivaría en su huerto? Exacto. El bienestar no llena plazas; el agravio, sí.
La segunda: traemos el enojo subsidiado de fábrica. La literatura psicológica lo llama sesgo de negatividad, y Roy Baumeister lo resumió en un título que es todo un programa: lo malo es más fuerte que lo bueno. Una cucaracha arruina un plato de cerezas, pero una cereza no compone un plato de cucarachas. Una crítica pesa lo que diez elogios. Una injusticia se recuerda más que cien días normales. La evolución nos diseñó así por buenas razones —el antepasado que ignoró al tigre no dejó descendencia—, pero ese cableado ancestral tiene hoy un socio comercial que el tigre nunca tuvo: el algoritmo.
Porque las plataformas digitales no tienen ideología, queridos lectores; tienen métricas. Y sus métricas descubrieron lo que toda suegra sabe desde tiempos inmemoriales: nada retiene la atención como un buen coraje. Un equipo de la Universidad de Nueva York encabezado por William Brady analizó en 2017 más de medio millón de mensajes en redes y encontró que cada palabra moral-emocional —traición, robo, vergüenza, castigo— aumentaba en promedio veinte por ciento la probabilidad de que el mensaje se compartiera. Veinte por ciento por palabra: la indignación tiene mejor rendimiento compuesto que cualquier Afore. Molly Crockett, por su parte, describió cómo el entorno digital abarató el costo de indignarse —ya no hay que salir a la calle ni dar la cara; basta el pulgar— mientras multiplicaba sus recompensas en forma de aplausos instantáneos. Resultado: la ira, que en la sabana africana era una alarma de emergencia, se convirtió en un canal de entretenimiento que transmite las veinticuatro horas.
Junten ustedes las piezas: una emoción que empuja a actuar, un cerebro que la privilegia y una infraestructura planetaria que la premia con dopamina. Eso no es un estado de ánimo. Eso es un yacimiento. Y donde hay yacimiento, tarde o temprano, llega alguien a poner la extractora.
III. La fila de junto (la sociedad)
Subamos ahora del individuo a la muchedumbre, porque el enojo, como el mariachi, rinde más en grupo.
El economista Albert Hirschman propuso en 1973 una parábola que todo mexicano entiende sin necesidad de posgrado: el efecto túnel. Imagínense atorados en un túnel de dos carriles —el periférico de su ciudad sirve perfectamente, cualquiera de ellos—. De pronto, el carril de junto empieza a avanzar. Los primeros minutos, uno se alegra: si ellos se mueven, esto ya se destrabó, ahorita me toca. Pero pasan los minutos, el carril de junto sigue fluyendo y el de uno sigue clavado. La esperanza fermenta en sospecha, la sospecha en certeza y la certeza en furia: esto está arreglado, alguien allá adelante está dejando pasar a los suyos. Hirschman lo escribió para explicar por qué las sociedades toleran la desigualdad durante el crecimiento… hasta que dejan de tolerarla de golpe. México llevaba décadas viendo avanzar el carril de junto. La sorpresa no es que nos hayamos enojado; la sorpresa es que hayamos tardado tanto.
A esa mecánica los sociólogos le llaman privación relativa —Runciman la teorizó en 1966 y Ted Gurr la convirtió en 1970 en el título más honesto de la ciencia política: Why Men Rebel, por qué se rebelan los hombres—. La conclusión de medio siglo de investigación cabe en una servilleta: la gente no se levanta por ser pobre; se levanta por sentirse despojada. La pobreza absoluta agacha la cabeza; la comparación la levanta. Y nunca en la historia de la especie hubo una máquina de comparar como la que hoy cargamos en el bolsillo, con su vitrina infinita de vidas ajenas cuidadosamente editadas.
Falta el tercer ingrediente del caldo, el más viejo de todos. Nietzsche lo llamó ressentiment y Max Scheler lo destiló en 1912: el resentimiento no es enojo fresco, es enojo añejado en barrica, envenenado por la impotencia, que ya no busca resolver el agravio sino degradar al envidiado. Pankaj Mishra construyó sobre esa idea su propia Age of Anger (2017) para explicar el planeta entero: modernidad que promete a todos lo que solo entrega a algunos, más vitrina global, igual a resentimiento a escala industrial. Y el resentimiento, a diferencia del enojo, no quiere que a mí me vaya bien; quiere que al otro le vaya mal. Es la diferencia entre pedir aumento y ponchar las llantas del jefe.
Ahora pregúntense, con la mano en el corazón: si ustedes fueran políticos profesionales y tuvieran enfrente una sociedad legítimamente agraviada, cableada para la negatividad, conectada a una máquina que premia la indignación y marinada en medio siglo de privación relativa, ¿qué harían? ¿Repararían pacientemente el drenaje institucional del país, tarea de décadas, ingrata, invisible y sin aplausos? ¿O aprenderían a tocar el instrumento?
No contesten todavía. Primero veamos los números, porque este espacio tendrá sentido del humor, pero no falta de rigor.
IV. La aritmética del agravio (la economía)
Primero, lo que hay que decir de frente, porque en Aquí no escondemos las cartas que no nos convienen: en México la pobreza bajó. El INEGI —que heredó la medición del extinto Coneval— reportó en agosto de 2025 que la pobreza multidimensional cayó a 29.6 por ciento de la población en 2024: doce puntos porcentuales menos que en 2018, unos 13.4 millones de personas que salieron de esa condición. La pobreza extrema bajó a 5.3 por ciento. La desigualdad medida por el ingreso también se comprimió: el decil más rico, que en 2016 concentraba 36.4 por ciento del ingreso de los hogares, en 2024 concentró 30.3. Quien niegue estos datos no está haciendo crítica: está haciendo berrinche, y el berrinche es justamente la materia prima que este ensayo denuncia. El aumento sostenido del salario mínimo y las transferencias directas movieron la aguja. Punto.
Ahora, la otra columna del libro contable, porque la honestidad funciona en ambos sentidos. Mientras la aguja de la pobreza se movía, el país corrió tres cifras que conviene mirar juntas, cosa que casi nadie hace porque juntas incomodan.
| Concepto | Monto | Estatus de la cifra |
| Programas para el Bienestar, presupuesto 2026 | 1 billón 3 mil millones de pesos al año (≈ 2.5% del PIB) | Oficial: aprobado en el PEF 2026 |
| Huachicol fiscal (contrabando de combustibles), daño acumulado | 600 mil millones de pesos según la Procuraduría Fiscal de la Federación; investigaciones periodísticas (Raúl Olmos / MCCI) lo elevan por encima de 700 mil millones | Estimación oficial bajo investigación; 16 mil millones ya en denuncias formales |
| Desfalco en Segalmex | Más de 15 mil 300 millones de pesos en irregularidades documentadas por la ASF; el propio gobierno reconoció 2 mil 700 millones como daño comprobado | Documentado por la ASF y MCCI; procesos penales en curso |
| Gasto público en salud, 2025 | 2.4% del PIB (la OMS recomienda 6%) | Estimación de México Evalúa sobre cifras oficiales |
Léanla despacio, que la tabla es el ensayo entero en cuatro renglones. México destina más recursos a las transferencias del Bienestar (2.5 por ciento del PIB) que a la salud pública de todos sus habitantes (2.4 por ciento). Al mismo tiempo, el esquema de contrabando de combustibles conocido como huachicol fiscal —una red que según las investigaciones judiciales y periodísticas en curso involucró aduanas, empresarios, mandos militares y crimen organizado— le costó al erario, en estimación de la propia Procuraduría Fiscal, el equivalente a siete meses completos de todos los programas sociales juntos. Y Segalmex, el organismo creado precisamente para alimentar a los más pobres, produjo el desfalco documentado más citado del sexenio pasado, ese que el expresidente despachó como el único caso de corrupción de su gobierno, con el aplomo de quien reporta un solo rayón en un coche que se acaba de voltear.
Aquí es donde el discurso oficial hace su truco favorito, y hay que reconocerle la elegancia del prestidigitador: presenta la primera cifra como prueba de amor y esconde las otras tres debajo del mantel. Pero la aritmética, que es fría y no milita en ningún partido, permite otra lectura: el Estado mexicano reparte con la mano izquierda una fracción de lo que deja escurrir —o algo peor que escurrir— con la derecha. Y el reparto, además de aliviar pobreza real (lo alivia, ya lo dijimos), compra algo más sutil que un voto: compra silencio. Porque el que recibe, calla; no por tonto ni por malvado, sino por una razón que la economía conductual explicó hace medio siglo y que veremos en la sección VI. Adelanto la moraleja en versión doméstica: la corrupción a la mexicana funciona como tanda. A todos nos toca, nomás que a unos les toca el número uno con cientos de miles de millones, y a otros les llega el último número, en abonos bimestrales, con tarjeta del Bienestar.
Mancur Olson, uno de los grandes economistas políticos del siglo XX, tenía un nombre para el gobernante que roba pero deja algo en la mesa para que el negocio siga produciendo: el bandido estacionario. A diferencia del bandido errante, que saquea y se va, el estacionario se instala, cobra su parte y procura que el pueblo no se muera de hambre, no por bondad, sino porque un pueblo muerto no genera flujo. La teoría de Olson explica imperios enteros. También explica, me temo, algunos presupuestos de egresos.
V. El oficio de la máscara (la política)
Y aquí llegamos al punto donde muchos análisis descarrilan, incluido, lo confieso, mi primer borrador mental de esta columna. La tentación es decir: los políticos son malos. Todos. Vienen defectuosos de nacimiento. Es una tesis emocionalmente satisfactoria y analíticamente inútil, porque si el problema fuera de personas, bastaría cambiar a las personas, y llevamos un siglo cambiándolas con resultados que están a la vista.
James Buchanan, premio Nobel de Economía, propuso algo más incómodo con su escuela de la elección pública, a la que definió como la política sin romance: los políticos no se transforman en ángeles al cruzar la puerta del palacio. Siguen siendo seres humanos que responden a incentivos, exactamente como usted y como yo. La diferencia no está en el alma del político, sino en el diseño del juego. Y el juego mexicano está diseñado así: quien llega al poder controla presupuestos billonarios, el aparato de justicia, el monopolio de la fuerza y la llave de los contratos, con contrapesos que en los últimos años han pasado de débiles a decorativos. Un juego con ese premio no atrae a los mejores; los filtra. Selecciona sistemáticamente a quienes están dispuestos a pagar el costo de entrada —la simulación, la lealtad ciega, la traición oportuna, el lodo— porque valoran el premio por encima de cualquier otra cosa. Los que sentimos asco por ese peaje nos quedamos afuera, construyendo empresas, empleos, familias, columnas de opinión. No es que la política atraiga malas personas: es que está diseñada para que las buenas no lleguen a la final. Bueno de Mesquita y Smith lo formalizaron en The Dictator’s Handbook: ningún gobernante gobierna solo; gobierna para la coalición mínima que lo sostiene, y le paga con bienes privados —cargos, contratos, impunidad— mientras al resto le administra bienes públicos en la dosis exacta para que no se caiga el tinglado. Orwell lo dijo sin ecuaciones por boca de su inquisidor: el poder no es un medio para otra cosa; el poder es el fin.
¿Y qué hace un poder así cuando la sociedad que gobierna está —recuerden las secciones anteriores— agraviada, cableada para la negatividad y conectada a la máquina de indignación más eficiente de la historia? Hace lo que haría cualquier administrador racional de un yacimiento: lo explota. Y la tecnología de extracción tiene un nombre que los antropólogos conocen desde hace milenios: el chivo expiatorio.
René Girard dedicó su vida a documentar el mecanismo. Cuando una comunidad acumula tensiones que no puede resolver, no busca soluciones: busca señalables. Elige una víctima, le carga todos los males, la sacrifica en público, y la comunidad experimenta una paz repentina, casi milagrosa. El detalle que Girard subraya y que nadie quiere oír es este: el ritual funciona aunque el chivo no sea inocente, y no resuelve absolutamente nada, porque la causa real de la tensión sigue intacta. Por eso el sacrificio debe repetirse. Siempre. Es la fiesta que exige reposición.
¿Les suena? Durante años, el villano oficial fue una abstracción: el neoliberalismo, útil como todo enemigo invisible porque nunca puede defenderse ni, inconveniente mayor, comprobarse su derrota. Pero las abstracciones tienen bajo rating, y toda buena serie necesita un villano con rostro. El reparto ha ido rotando —expresidentes, ministros de la vieja Corte, organismos autónomos, aspirantes a la falsa mesías— y en las últimas temporadas el protagónico le tocó a Ricardo Salinas Pliego.
Y aquí, queridos lectores, les pido el rigor que este espacio se exige a sí mismo, porque aquí la neta se dice completa o no se dice. Los adeudos fiscales de Grupo Salinas eran reales. La Suprema Corte —la nueva, la electa— confirmó en noviembre de 2025 créditos fiscales por más de 48 mil millones de pesos derivados de pérdidas fiscales improcedentes de los ejercicios 2008 a 2015; el SAT requirió 51 mil millones ya con actualizaciones; y en enero de 2026 el grupo firmó un convenio por 32 mil 132 millones —con el descuento de ley por pronta intención de pago—, depositó 10 mil 400 millones de entrada y quedó a pagar el resto en 18 mensualidades, como cualquier cliente de Elektra, ironía que la historia nos regaló sin cobrar. El empresario sostiene que hubo persecución política y que pagó, en sus palabras, para poner fin a la campaña sistemática en su contra. Que cada quien pese esa declaración como guste.
Mi punto no es canonizar al contribuyente, que tuvo veinte años de litigios y los mejores despachos del país para no pagar lo que los tribunales terminaron confirmando que debía. Cobrar impuestos debidos, confirmados por sentencia firme, no es tiranía: es la definición de libro de texto del Estado de derecho, y ojalá se aplicara con ese mismo entusiasmo en todas direcciones. Mi punto es otro, y es la distinción sobre la que se sostiene este ensayo: una cosa es cobrar y otra cosa es el espectáculo del cobro. El cobro se hace en la Tesorería; el espectáculo se montó en el horario estelar de las mañaneras, con el deudor convertido en enemigo público, pedagogía nacional del garrote y coro de aplausos. La primera operación es justicia. La segunda es liturgia girardiana: la plaza pública, la piedra en la mano, la catarsis colectiva y la promesa implícita de que, caído este villano, la vida de usted va a mejorar. Y aquí viene la pregunta incómoda que es el examen final de esta columna, y que le ruego se haga a sí mismo con toda seriedad: después del linchamiento, ¿mejoró? ¿Su clínica ya tiene medicinas? ¿Su calle ya está segura? ¿Su quincena ya alcanza? Porque los 32 mil millones ya están entrando a la Tesorería, y me da gusto; pero el huachicol fiscal se llevó veinte veces eso, y de esa red —con sus buques disfrazados, sus aduanas coludidas y sus mandos procesados— no hubo temporada completa en el horario estelar. Al deudor famoso lo cobraron en cadena nacional; al saqueo de 600 mil millones lo tuvieron que destapar los periodistas. El villano se elige por rating, no por tamaño del daño. Esa asimetría no es un descuido: es el modelo de negocio.
Una confesión antes de cerrar esta sección, porque la congruencia obliga. En el primer arrebato de esta columna, su servidor tenía preparado un párrafo incendiario sobre los fundamentos morales del marxismo, con expediente completo del joven Karl y sus poemas de tinieblas. Lo borré. No por falta de ganas, sino por higiene intelectual: este ensayo trata precisamente de la tentación de explicar el mal ajeno fabricando demonios de caricatura, y no voy a denunciar la máquina de hacer villanos operándola yo mismo. El marxismo no necesita cuernos ni azufre para ser criticado; le basta su historial, que es abundante, verificable y no requiere efectos especiales: dondequiera que la lucha de clases se volvió sistema operativo, el resentimiento se institucionalizó, el enemigo se volvió permanente por decreto y la nomenklatura terminó viviendo exactamente como la burguesía que juró abolir, nada más que con peor gusto para vestirse. Critiquemos ideas con hechos, que sobran, y dejemos la demonología para las series de streaming.
VI. El precio de la piedra (la conducta)
Nos falta la última pieza del mecanismo: entender por qué nosotros —el pueblo, la gente, ustedes y yo— cooperamos con tanto entusiasmo. Porque sería muy cómodo terminar esta columna culpando solo a los de arriba, y este espacio no vende comodidad.
Primer hallazgo, uno de los más replicados de la economía experimental: los seres humanos pagamos por castigar. Ernst Fehr y Simon Gächter lo demostraron en 2002 en un experimento hoy clásico: puestos ante un tramposo, los participantes sacrificaban su propio dinero —dinero real, suyo, ganado— con tal de que al tramposo le fuera mal, aun sabiendo que no recuperarían un centavo. Lo llamaron castigo altruista. En el célebre juego del ultimátum ocurre lo mismo: la gente rechaza ofertas que considera insultantes aunque rechazar signifique irse a casa con las manos vacías. Traducción al español de a pie: preferimos perder a que el abusivo gane. Es económicamente absurdo y emocionalmente delicioso; pregúntenle a cualquiera que haya pagado tres años de abogados en un pleito por una barda. Esta disposición es, en el fondo, noble —es el pegamento que sostiene la cooperación humana, el instinto de que las reglas valgan—, pero tiene un reverso explotable: una sociedad dispuesta a pagar por ver castigos es una sociedad dispuesta a votar por quien se los proyecte, aunque la función no le deje nada en la mesa. El linchamiento del villano en turno es exactamente eso: un castigo altruista subsidiado por nuestros propios impuestos, donde la taquilla la cobra otro.
Segundo hallazgo, cortesía de Kahneman y Tversky y su teoría de las perspectivas de 1979: las pérdidas duelen aproximadamente el doble de lo que las ganancias alegran. Ahora apliquen eso a una transferencia bimestral. El día que la tarjeta del Bienestar llegó, fue una ganancia. Pero al tercer depósito, la psicología humana hizo su magia silenciosa: la transferencia dejó de ser regalo y se volvió dotación, parte del paisaje, derecho adquirido. Y una dotación ya no se agradece: se defiende. Quitarla —o siquiera insinuar que peligra— activa la aversión a la pérdida con toda su fuerza duplicada. Por eso la frase nadie vota contra su propia cartera es cierta pero incompleta; la versión conductualmente correcta es peor: nadie vota por quien percibe como amenaza a lo que ya considera suyo. No hace falta comprar a nadie. Basta con darle algo, esperar a que lo incorpore a su línea base y luego señalar al adversario diciendo: ese te lo quiere quitar. La lealtad no se compra, queridos lectores: se renta, con cargo automático bimestral, y el aval es el miedo.
Y quiero ser quirúrgico aquí, porque en este punto la crítica suele resbalar hacia el clasismo y no pienso acompañarla: el votante que defiende su transferencia no es tonto ni está comprado. Es un ser humano perfectamente racional respondiendo a los incentivos que tiene enfrente, igualito que el empresario que optimiza impuestos o el columnista que cuida a sus anunciantes. Con ingresos precarios, tres mil pesos bimestrales no son migajas: son el gas, son los útiles, son la diferencia. Mi pleito no es —jamás será— con quien recibe; es con quien diseñó el mecanismo para que recibir y callar vinieran en el mismo sobre. La perversidad no está en la transferencia: está en la correa.
Tercer hallazgo, y con este cerramos el circuito: la venganza no satisface; tolera. Como toda gratificación intensa y breve, el linchamiento del villano produce su descarga y su resaca, y a la siguiente exige dosis mayor. Girard lo vio en el ritual; los conductistas lo ven en el refuerzo intermitente; cualquier cantinero lo ve los viernes. El primer villano emociona; el quinto apenas entretiene; para el décimo, el respetable bosteza y hay que subir la apuesta: ya no basta el adversario, ahora el traidor interno; ya no basta el empresario, ahora el juez, el periodista, el científico, el que pregunta. La espiral no tiene freno de fábrica porque su función no es llegar a ninguna parte: su función es girar. Cada vuelta compra un ciclo más de lealtad, un trimestre más de distracción, una elección más. La borrachera de la venganza siempre amanece en cruda, y la cruda —pregúntenle al enfermo— solo conoce un remedio que empeora la enfermedad: la siguiente copa.
VII. La mesa (donde este ensayo se deja golpear)
Prometí una mesa de debate y la palabra se cumple. He invitado a tres adversarios de mi propia cosecha —arquetipos, no personas reales, que aquí no ponemos palabras en bocas ajenas— y les he pedido que golpeen sin guantes. Sirvan café.
La Economista del Bienestar abre fuerte: «Todo muy literario, columnista, pero los datos que usted mismo citó lo desmienten. Doce puntos menos de pobreza. Trece millones de personas. La participación del decil más rico en el ingreso cayó seis puntos desde 2016. El salario mínimo recuperó en unos años lo que perdió en décadas. Las transferencias amortiguaron la caída de los más pobres incluso en pandemia. ¿Eso es “anestesia”? Dígaselo de frente a la señora de Chiapas que por primera vez en su vida tiene un ingreso seguro. Ustedes llaman “clientelismo” a lo que, cuando se llamaba “subsidio a la gasolina” o “rescate bancario” y beneficiaba a los suyos, llamaban “política pública”. El pueblo no está engañado: está cobrando una deuda histórica, y le molesta a quien nunca tuvo que elegir entre la dignidad y la despensa.»
Respondo: concedo el punto y sostengo el mío, porque no son incompatibles; de hecho, este ensayo solo funciona si ambos son ciertos. Sí bajó la pobreza, y lo celebro sin asteriscos. Pero note usted qué extraño alivio: en el país donde la pobreza baja, el enojo sube; donde el ingreso mejora, la división se profundiza. Si el proyecto fuera reconciliación, la mejora material vendría acompañada de paz pública. Viene acompañada de villanos semanales. Eso delata que la transferencia y la ira no son políticas rivales sino socias: una asegura la base, la otra la moviliza. Y sobre la señora de Chiapas: precisamente por ella escribo. Chiapas sigue con 66 por ciento de pobreza mientras Nuevo León vive en otro país con 10.6. La transferencia le llegó; el hospital, la escuela y el estado de derecho, no. Ella merece las dos cosas, y le están diciendo que exigir la segunda es traicionar la primera.
El Historiador del Agravio tercia, con la calma del que trae archivos: «Su columna sugiere que la ira fue sembrada por este régimen. Falso: fue cosechada. ¿Quién sembró? El rescate bancario que socializó pérdidas privadas y que seguimos pagando una generación después. La Estafa Maestra y sus miles de millones triangulados por universidades. Odebrecht. Los moches, las casas blancas, los gobernadores con ranchos y los tecnócratas que privatizaron prometiendo un primer mundo que llegó nada más para el carril de junto —la metáfora es suya, columnista—. Treinta y seis años de promesas incumplidas producen exactamente la sociedad que usted describió en la sección III. No culpe al pararrayos de la tormenta.»
Respondo: tiene usted toda la razón, y quien lea esta columna como absolución del pasado la leyó mal o la leyó con ganas de leerla mal. El agravio es real, viejo y bien documentado; lo dije desde el título de la sección: la ira mexicana tiene pedigrí. Mi acusación no es haber inventado el enojo —nadie inventa un yacimiento— sino haberlo convertido en modelo de extracción en lugar de resolverlo; haber llegado al poder prometiendo justicia y haber entregado, en su lugar, un calendario de villanos. Y añado lo que usted, por elegancia, calla: los agravios nuevos ya alcanzaron a los viejos. Segalmex y el huachicol fiscal no los cometió el neoliberalismo; ocurrieron bajo la bandera de la honestidad valiente, que es como cometerlos dos veces. Cuando el que llegó gritando ladrones termina administrando el saqueo más grande documentado en la historia reciente del continente, no estamos ante el fin del régimen del agravio: estamos ante su franquicia.
El Politólogo Institucional cierra la ronda, más triste que combativo: «De acuerdo con casi todo, columnista, pero su ensayo tiene un hueco: mucha denuncia y poca salida. Basave al menos propone algo —separar el poder económico del político, reconstruir contrapesos, una socialdemocracia que vuelva a representar—. ¿Usted qué propone? ¿Enojarnos con los que nos enojan? Eso es más ira, nada más que de nuestro bando.»
Respondo: touché, y por eso existe la sección que sigue.
VIII. Justicia o venganza: el examen de una sola pregunta
Toda la maquinaria que hemos desmontado —la psicología del coraje, la sociología del agravio, la economía de la tanda, la política del chivo— se sostiene sobre una sola confusión, cuidadosamente cultivada: hacernos creer que venganza y justicia son sinónimos. No lo son, y distinguirlas no requiere doctorado; requiere una pregunta.
La venganza mira hacia atrás y hacia la persona: quiere que alguien pague. La justicia mira hacia adelante y hacia el sistema: quiere que algo no vuelva a pasar. Nussbaum le llama a esta segunda la ira de transición: el enojo que, en lugar de preguntarse cómo hago que sufra, se pregunta cómo hago que cambie. La venganza se consume en la plaza y pide reposición; la justicia se acumula en instituciones y no necesita público. La venganza tiene horario estelar; la justicia tiene horario de oficina, trámites, presupuestos auditados y jueces aburridos, y por eso pierde siempre el rating y gana siempre los siglos.
De modo que el examen es este, y sirve para evaluar a cualquier gobierno, del color que sea, incluido el que venga: después de cada villano ejecutado en la plaza, revise usted su farmacia, su escuela, su nómina, su calle. Si mejoraron, hubo justicia y retiro lo dicho. Si siguen igual y ya le están presentando al siguiente villano, usted no presenció un acto de justicia: pagó boleto para una función. Y las funciones, queridos lectores, no se critican desde la butaca gritando más fuerte que el de junto; se les hace lo único que las mata: dejar de aplaudir, exigir el edificio aburrido —tribunales que funcionen parejo, auditorías con dientes, policías que lleguen, farmacias surtidas— y reservar nuestra ira, que es legítima y es nuestra, para la única causa que la merece: que el país deje de necesitar villanos porque empezó a tener resultados.
Cierre
Basave termina su libro diciendo que al final del túnel de la ira hay una luz de razón. Quiero creerle, aunque sospecho que en México la luz al final del túnel trae torreta y viene a infraccionarnos. Mientras tanto, propongo un plan modesto: enojarnos mejor. No menos —el que no se enoja con este país no lo está viendo—, sino mejor: con datos en una mano, memoria en la otra, y la piedra en el suelo, porque cada piedra que lanzamos a la plaza es un voto por la siguiente función.
Como decía mi abuela, que no leyó a Girard pero lo tenía perfectamente diagnosticado: «El que se enoja pierde». Le faltó la segunda parte, que la vida me enseñó después: y el que te enoja, cobra.
Desde algún café del sureste donde el ventilador hace más por la paz social que tres secretarías juntas, se despide, todavía enojado pero ya no de a gratis,
EMBARO
PD: La inteligencia artificial, dicen, democratizó el acceso a la información. Cierto. También democratizó la fabricación industrial de indignación: hoy una granja de bots produce agravio a escala con la misma facilidad con que este espacio produce postdatas. Así que regla de higiene para la era de la ira: antes de compartir su próximo coraje, pregúntese quién lo cosechó, quién lo empacó y quién cobra la comisión. El enojo orgánico, como el aguacate, se distingue del industrial en que nadie lo maduró en bodega.
PD2: Hagan la cuenta conmigo, que es corta y quita el sueño: el daño estimado del huachicol fiscal —600 mil millones de pesos, versión conservadora de la propia Procuraduría Fiscal— equivale a siete meses de todos los Programas del Bienestar juntos, o a duplicar durante casi un año lo que México invierte en la salud pública de sus 130 millones de habitantes. Cuando les digan que criticar al gobierno es estar contra los pobres, respondan con esta aritmética: nadie ha robado más dinero de los pobres que quienes juraron ser sus vengadores.
PD3: A mis lectores de izquierda, los de convicción, los que llegaron a esa orilla por amor a la justicia y no por gusto del poder: este ensayo no es contra ustedes; es contra quienes les robaron la causa. La desigualdad mexicana es real, obscena y urgente, y merece algo mejor que ser combustible electoral. Exíjanla de vuelta. Y a mis lectores de derecha, no se me pongan cómodos: la ira también se cosecha en su parcela, con otros villanos y el mismo mecanismo, y el día que su bando vuelva a tocar el instrumento —que volverá—, esta columna estará aquí para recordárselos con la misma falta de cariño.
PD4: El libro de Basave se presenta en la FIL de Monterrey este año. Léanlo, aunque no coincidan en todo; sobre todo si no coinciden en todo. En la era de la ira, el acto verdaderamente subversivo ya no es gritar: es leer trescientas páginas de alguien que piensa distinto sin bloquearlo a la mitad. Háganlo por ustedes. Y si de paso se enojan, que sea de los enojos que construyen: esos que empiezan en la lectura y terminan, quién sabe, en un país donde las plazas se usen para lo que eran: para la banda, los globos y los domingos en familia. No para las piedras.


