Lo Mexicanos somos nacos.

0
16

El anfitrión que le echa cerveza al invitado

O cómo un país entero se coordina para ser sede del Mundial y, en la misma noche, para hacer el ridículo con una eficiencia que ya quisiéramos para todo lo demás

Queridos y contradictorios lectores de La Neta:

Ganamos. Dos a cero, con la portería intacta, y por primera vez desde 1986 —hace cuarenta años, cuando buena parte de ustedes todavía no nacía— pasamos una ronda de eliminación directa en una Copa del Mundo. Julián Quiñones al minuto 22, Raúl Jiménez al 31, y a otra cosa.

Es, sin asteriscos, motivo de fiesta legítima.

Y sin embargo esta columna no arranca con un festejo, sino con un asterisco del tamaño del Coloso de Santa Úrsula. Porque la misma noche en que México demostró que sabe ganar en la cancha, un pedazo de México demostró —con una coordinación que ya quisiéramos para el resto del país— que sigue sin saber comportarse en la tribuna.

Y aquí viene lo que de verdad me desvela, queridos lectores, más que la cerveza voladora: esto no fue cosa de una sola clase social. No fue “la raza” ni fueron “los fresas”. Fue horizontal. Perfectamente democrático.

Pero vayamos por partes.

De cómo recibimos al invitado

Repasemos la hospitalidad, que estuvo para enmarcarse. La noche previa al partido, un grupo de aficionados fue al hotel donde dormía la Selección de Ecuador —el Westin Santa Fe, por si quieren la dirección para mandar flores de disculpa— y montó una serenata de bocinas, cornetas y pirotecnia con el fin explícito de no dejarlos dormir. La Federación Ecuatoriana de Fútbol presentó un reclamo formal por escrito ante la organización del Mundial. Sí, leyeron bien: nos ganamos una queja diplomática documentada antes de que rodara el balón.

Ya en el estadio, cuando sonó el himno de Ecuador, decenas de miles de gargantas lo sepultaron a abucheos. Los veintiséis jugadores ecuatorianos respondieron abrazados, cantando el suyo a todo pulmón, dando una lección de temple que ojalá se nos hubiera contagiado por ósmosis. Y no es novedad de la casa: unos días antes le habíamos hecho exactamente lo mismo al himno de Corea del Sur. Somos incluyentes en la descortesía.

Pero la joya de la corona vino después. Mientras el equipo periodístico de Teleamazonas —Alfonso Laso, Gissella Buendía y José Carlos Crespo— transmitía en vivo desde el palco de prensa, empezó a caerles cerveza y vasos hasta que uno le pegó en plena cara al comentarista Crespo y cortó la transmisión. La seguridad, contemplando el paisaje. Y aquí está el dato que a mí me quita el sueño: nada de esto salió de una sola tribuna. El grito que retumbó cuatro veces no brotó de una sección; brotó de las ochenta mil gargantas, de la butaca más cara a la más barata, en perfecta armonía coral. La cerveza le llovió a la prensa desde las gradas de arriba, y a un aficionado ecuatoriano lo humillaron por la espalda —le llegaron por detrás, se la echaron y salieron corriendo a esconderse— en los pasillos de en medio. De arriba, de en medio, de todos lados. Como decía mi abuela: la mala educación no discrimina por precio de boleto; esa sí que es rigurosamente igualitaria.

Y lo más absurdo, lo que ninguna coartada aguanta: ya íbamos ganando. La propia periodista agredida lo dijo mejor que cualquier editorialista: no era necesario, si ellos habían sido superiores en la cancha. No había nada que defender con cerveza. El maltrato no fue estrategia ni desahogo. Fue gratis.

El himno, la embajada y la memoria selectiva

Ahora bien, seamos justos, que esta casa presume de serlo. El abucheo al himno ecuatoriano no cayó del cielo. En abril de 2024, la policía de Ecuador entró por la fuerza a la Embajada de México en Quito para detener al exvicepresidente Jorge Glas, que estaba ahí asilado. Fue una violación al derecho internacional que dejó las relaciones entre ambos países rotas hasta el día de hoy. Así que sí: hay un agravio real de fondo, y no es cosa menor.

El problema, queridos lectores, es que responderle a la violación de una embajada abucheando un himno y bañando en cerveza a unos reporteros es como contestar a un robo prendiéndole fuego a tu propia casa para que el ladrón vea el humo. No repara nada. Solo nos rebaja al tamaño exacto de aquello que decíamos condenar. Ecuador rompió las reglas allá; nosotros rompimos las de la convivencia acá. Y en este deporte, como en la vida, dos faltas no hacen un gol.

El que no transa no avanza (spoiler: a veces tampoco)

Y llegamos al corazón del asunto: esa doctrina no escrita pero tatuada en el inconsciente nacional, “el que no transa no avanza”. La idea de que la viveza —hacer ruido, incomodar, jugar sucio desde la grada— es astucia, es picardía, es cancha. Que así, de alguna forma, se ayuda a ganar.

Déjenme darles la noticia con toda la ternura de la que soy capaz: no solo no ayuda, sino que nos puede salir carísimo. Pero de eso hablamos en las postdatas, que es —como todos sabemos— donde se dicen las verdades que no caben arriba.

Y sin embargo, el otro México

Termino con la única imagen que me devolvió la fe. Esa misma noche, mientras un pedazo de nosotros bañaba en cerveza a los invitados, otro pedazo de nosotros terminó bailando con ellos. Hubo parejas mexicano-ecuatorianas con la playera partida a la mitad, un corazón de cada color. “Gane México o gane Ecuador, nosotros ya ganamos”, dijo una de ellas. Y a la aficionada de la cerveza la exhibieron y la repudiaron otros mexicanos: “ella no nos representa”, escribieron. Tenían toda la razón.

Porque hay dos Méxicos horizontales, queridos lectores, y los dos cruzan todas las clases: el que abuchea y el que abraza. El que quiere ganar sin honor y el que entendió que un Mundial en casa es, antes que un torneo, una invitación a portarnos como la gente que juramos ser. La única pregunta que importa es cuál de los dos vamos a llevar a octavos de final.

Lo más preocupante de esto es que en el estadio, donde los boletos no bajan de $10,000 pesos y dónde se supone que hay gente con un nivel social y educativo superior, pasen estas cosas, normalizar la mala conducta y decir que así es esto del fútbol y que así somos los mexicanos Es lo que nos tiene en el hoyo, no es normal. En ningún país civilizado pasa eso. Decir que los mexicanos somos únicos y que somos muy relajistas pensando que es simpático y divertido es un grave error de percepción, es una falta de respeto hacia nosotros mismos y hacia el resto del mundo ese comportamiento provocó que una persona muriera y varias resultaron heridas. Esto no es broma.

La Neta.


PD: Nos organizamos con una eficiencia envidiable: ley seca en las colonias del estadio, teletrabajo para los burócratas, clases suspendidas, ochenta mil personas acomodadas sin incidentes mayores. Somos capaces de coordinar una logística de guerra para una fiesta. Lo único que no logramos coordinar fue el civismo elemental. Denle una vuelta a eso: no es que no podamos. Es que no quisimos.

PD2 (para los que creen que la viveza sale gratis): la FIFA ya nos tiene multados por más de 178 mil dólares —arriba de tres millones de pesos— por el grito homofóbico, y en junio el Tribunal de Arbitraje Deportivo nos tumbó la última apelación. Con el reglamento vigente aplica la “responsabilidad objetiva”: si la tribuna grita, la Federación paga, sin importar cuántas campañas de “la ola sí, el grito no” hayamos pegado en las bardas. Y si un árbitro llega a suspender un partido por esa causa, el Artículo 28 decreta la derrota por default: 3-0 en la mesa, sin importar el marcador real. El grito sonó cuatro veces contra Ecuador. Traduzco “el que no transa no avanza” a idioma FIFA: el que no se calla, retrocede. Todavía no hay expediente abierto por lo del hotel, pero seguir tentando a la suerte podría lograr, con esfuerzo, que la propia afición elimine al Tri que tanto dice amar. Sería el autogol más caro de nuestra historia.

PD3 (el remate): gastamos una fortuna en ser sede para enseñarle al mundo quiénes somos. Misión cumplida, aunque no como la planeamos. Le enseñamos al mundo que un país que se queja —con toda la razón— de que le violaron su embajada es capaz de violar, esa misma noche, las reglas más básicas de tratar bien a un invitado. El respeto, queridos lectores, no es una cortesía que se le hace al otro: es un espejo. Lo que le hicimos a Ecuador en las tribunas es el retrato fiel de cuánto nos respetamos a nosotros mismos. Y ese retrato, esta vez, salió movido.

PD4 (y con esta me despido de verdad): a la señora del impermeable transparente, a los del vaso en la cara del reportero, a los de las cornetas frente al hotel: no los odio. Me producen algo peor, que es pena de los nuestros. Pero guardo esta columna para dentro de cuatro años, cuando este Mundial ya sea recuerdo. Ojalá para entonces la relean y la parte que hoy los describe les parezca de otro país. Uno que no existió. Porque la verdad, como decía la abuela, no peca, pero incomoda; y si de tanto incomodarnos por fin nos corrige, hasta se agradece.

Previous articleY que le quitan la Visa para USA a Adan Augusto Lopez Hernandez
La-Neta MX
La Neta MX es un medio digital independiente de noticias y opinión enfocado en Yucatán, Campeche y la actualidad nacional de México. Cubrimos política, seguridad, cultura y buenas noticias con una mirada directa y sin filtros —y con el sarcasmo, la ironía y la forma bien mexicana de escribir que nos caracterizan—, contando lo que otros callan. Información verificada y análisis con humor para entender lo que de verdad pasa en el sureste y en el país.

Deja un comentario