Decía mi sabia abuela que el buen paño en el arca se vende, y la mercancía averiada hay que sacarla a gritar a la plaza todos los días para ver qué incauto la compra. Esta máxima, tan vieja como el comercio mismo, explica a la perfección el sudor frío y el desgaste monumental que vemos a diario en las oficinas de propaganda de Jesús Ramírez Cuevas.
Si la famosa y multicitada “Transformación” fuera ese tren bala hacia la prosperidad que nos presumen en los panfletos, ¿cuál es la urgencia de salir cada veinticuatro horas a tratar de legitimar al régimen? Un gobierno que da resultados no necesita vivir a la defensiva, gastando saliva, recursos y horas de televisión para convencer a la ciudadanía de que la leche agria sabe a gloria. La buena gestión es silenciosa; se nota en la quincena, en la tranquilidad de salir a la calle sin encomendarse a todos los santos y en la farmacia abastecida.
Pero como la realidad es sumamente terca y no obedece a decretos presidenciales, el guion oficial recurre a la vieja confiable: invocar a los fantasmas del pasado. Resulta verdaderamente de psiquiatra ver a un gobierno con mayoría absoluta y control total de la chequera peleando a puñetazo limpio con Carlos Salinas o Felipe Calderón, personajes que dejaron el poder hace décadas. Seguir culpando a un sexenio que terminó hace 12 años es reconocer abierta y patéticamente que fracasaron. ¿Por qué? Porque si en 6 años con el control total del Congreso no pudieron bajar las cifras, entonces nunca fue “herencia”, fue pura y llana incompetencia. Y los datos, que no tienen credencial de afiliación, son demoledores: el sexenio de López Obrador registró 199,619 homicidios, un 83% más que en la época de Calderón. Ante ese nivel de mortandad, el atril es el único escondite que les queda.
De ahí viene también su deporte favorito: aventarle la jauría a la prensa libre. ¿Por qué la necesidad patológica de tener la palabra “periodistas” y el insulto en la boca desde que canta el gallo? Muy sencillo, mis queridos diletantes del libre mercado: porque cuando la verdad te respira en la nuca, tu única defensa es intentar romper el espejo. No soportan la crítica porque la realidad desmiente sus “otros datos”. Es imposible sostener la ficción de los “abrazos” cuando en este país el 67% de las extorsiones se pagan, marcando un récord histórico, y el crimen organizado cobra piso hasta por los limones y el pollo.
Y para coronar este circo de incongruencias, hablemos de su bochornosa política exterior. ¿Qué necesidad tiene el Estado mexicano de salir a legitimar regímenes autoritarios, rancios y fracasados como los de Cuba y Venezuela? Nos quieren vender la franquicia de la miseria disfrazada de “soberanía”. Tratan de romantizar un modelo cubano que, tras 65 años de dictadura, solo ha producido miseria, y un paraíso socialista venezolano del que han tenido que huir 8 millones de personas. Todo esto obedece a una narrativa socialista hueca, barata y propagandística que busca justificar su propia vocación autoritaria.
Ese esfuerzo extraordinario por defenderse todos los días del embate constante de la realidad ya no tiene sentido. La buena noticia es que los mexicanos ya se dieron cuenta. Te pueden dar atole con el dedo un rato, pero cuando la inflación te vacía el carrito del súper y el miedo te cierra el negocio, no hay mañanera, ni vocero, ni maroma ideológica que alcance para tapar el sol con un dedo. La mentira, a fin de cuentas, tiene un costo de mantenimiento altísimo, y a este régimen ya se le acabó el presupuesto para seguir pagándolo.
¿O ustedes qué opinan? ¿Seguimos comprando excusas de hace treinta años o ya empezamos a exigirle cuentas al presente? Los leo.
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