O cómo desmantelar un órgano autónomo en nombre de la eficiencia
Queridos y progresivamente desprotegidos lectores de La Neta:
Hay muertes que llegan por sorpresa, como un infarto fulminante en plena cena navideña. Y hay otras que llegan después de una larga agonía, donde todos saben que el final está cerca pero fingen sorpresa cuando finalmente ocurre. La extinción del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) pertenece categóricamente a la segunda categoría.
Después de 12 años de operación —que en términos de instituciones mexicanas es prácticamente una eternidad— el IFT cerró oficialmente sus actividades ayer. Sus cuentas de redes sociales quedaron inactivas, como esos perfiles de Facebook de personas que ya no están con nosotros y que permanecen ahí, fantasmales, recordándonos que alguna vez existieron.
LA DESPEDIDA: ELEGANTE PERO MELANCÓLICA
El mensaje de despedida del Instituto fue digno, casi conmovedor en su sobriedad: “Nos despedimos con orgullo por lo construido y con un profundo agradecimiento a la sociedad por la confianza depositada en este órgano regulador”.
Es el tipo de mensaje que uno escribe cuando sabe que lo están despidiendo injustamente pero debe mantener la compostura profesional. Como cuando tu jefe te dice que “la empresa va en otra dirección” y tú, con una sonrisa forzada, respondes “ha sido un placer trabajar aquí” mientras mentalmente calculas cuánto te toca de liquidación.
El IFT destacó que durante su existencia trabajó “con independencia técnica, compromiso institucional y un enfoque en el fomento a la competencia”. Palabras que, en el contexto actual, suenan casi como un reproche velado. Porque esa “independencia técnica” fue precisamente lo que firmó su sentencia de muerte.
EL PECADO MORTAL: SER AUTÓNOMO
Verán ustedes, queridos lectores, en el México de la Cuarta Transformación hay algo que no se perdona: la autonomía. Esos órganos independientes que en teoría deberían funcionar sin la injerencia del poder ejecutivo se convirtieron en una molestia, como esos parientes incómodos que dicen verdades en las reuniones familiares y arruinan el ambiente.
El IFT cometió varios errores imperdonables durante su existencia. Por ejemplo, multó a Telcel por prácticas monopólicas. Imaginemos la osadía: un órgano regulador haciendo su trabajo y defendiendo la competencia económica. ¿Cómo se atrevieron?
También tuvo el descaro de regular servicios de televisión, radio, telefonía y banda ancha con criterios técnicos en lugar de criterios políticos. Francamente, ¿qué se creían? ¿Que vivíamos en una democracia funcional?
BIENVENIDA LA COMISIÓN REGULADORA DE TELECOMUNICACIONES
En el lugar del difunto IFT, el Senado de la República —ese recinto donde se aprueban iniciativas más rápido que pizzas en un horno de leña— ratificó a los integrantes de la nueva Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT).
Los flamantes comisionados son Ledénika Mackensie Méndez González, María de las Mercedes Olivares Tresgallo, Adán Salazar Garibay, Tania Villa Trápala y Norma Solano Rodríguez. Nombres que probablemente solo sus madres y el presidente de la República pueden recordar sin consultar una lista.
Aquí viene lo interesante: “el gobierno federal aún no define por completo el esquema operativo ni la estructura administrativa de la nueva comisión”.
Léanlo otra vez. Despacio.
Cerraron el IFT sin tener lista la estructura de su reemplazo. Es como despedir al arquitecto antes de terminar la construcción del edificio porque “gasta mucha luz en su oficina”. Pero tranquilos, ya improvisaremos.
LA EXCUSA OFICIAL: REDUCCIÓN DE BUROCRACIA
La desaparición del IFT, nos dicen, fue promovida durante el sexenio del expresidente López Obrador —ese personaje que definitivamente no extraño mencionar en mis columnas— quien argumentó que la medida formaba parte de “una política de reducción de burocracia y centralización de funciones”.
Ah, sí, la famosa “reducción de burocracia”. Ese argumento que se usa cada vez que se quiere desmantelar algo que funciona pero resulta políticamente incómodo. Como cuando tu pareja te dice que quiere “darse un tiempo” cuando en realidad ya tiene a alguien más.
La ironía es deliciosa: centralizan funciones para reducir burocracia. Es como si dijéramos que vamos a combatir el autoritarismo concentrando más poder. Ah, esperen…
LO QUE REALMENTE PERDIMOS
Más allá de mi sarcasmo habitual —que reconozco está más afilado que de costumbre—, lo que perdimos con el IFT no son solo siglas o una estructura administrativa. Perdimos uno de los pocos contrapesos que quedaban en el sistema.
Durante 12 años, con todos sus defectos y limitaciones, el IFT fue el órgano que se interpuso entre los grandes monopolios de las telecomunicaciones y los usuarios. Fue el que reguló las tarifas, el que defendió (intentó, al menos) la competencia, el que supervisó que las empresas no hicieran lo que les viniera en gana.
¿Era perfecto? Por supuesto que no. ¿Cometió errores? Varios. ¿Fue lento y burocrático a veces? Sin duda. Pero era autónomo. Y en un país donde la autonomía institucional está en peligro de extinción, eso valía oro.
EL FUTURO: INCIERTO COMO SIEMPRE
Ahora la regulación de sectores estratégicos como telecomunicaciones y radiodifusión pasa a manos de la CRT, cuyo “desempeño será clave para definir el rumbo del mercado digital mexicano”, según reza la nota oficial.
Permítanme hacer una predicción que no requiere bola de cristal: la nueva comisión será más dócil, más manejable, más “cooperativa” con los intereses del gobierno en turno. Porque para eso la crearon.
Y los grandes monopolios de las telecomunicaciones están frotándose las manos. Porque cuando el regulador depende del mismo gobierno que necesita de los medios de comunicación para difundir su mensaje, las cosas se ponen… interesantes.
REFLEXIÓN FINAL
El IFT nos dejó ayer con un mensaje elegante y profesional. No hubo drama, no hubo escándalo. Solo un “nos vemos, gracias por todo” y cerraron la puerta.
Pero detrás de esa despedida cortés hay una historia más profunda sobre la desaparición sistemática de instituciones autónomas en México. Primero fue el IFT. ¿Quién sigue? ¿El INE? ¿La Cofece? ¿O ya los pusieron en la lista?
Como escribí hace algunos años en una columna: “La tragedia de México no es que tengamos malas instituciones. La tragedia es que cada vez que construimos una que funciona, llega alguien y la destruye en nombre de la ‘transformación'”.
Descanse en paz, IFT. Fuiste útil mientras te dejaron serlo.
Desde algún café donde la señal de internet todavía funciona… por ahora.
PD: A los nuevos comisionados de la CRT les deseo sinceramente el mayor de los éxitos. Los van a necesitar cuando descubran que ser “independiente” en papel no es lo mismo que serlo en la práctica.
PD2: Si en unos meses sus facturas de teléfono e internet suben misteriosamente, ya saben a quién NO reclamarle. El IFT ya no existe para defenderlos.
PD3: Guarden este artículo. En cinco años, cuando estemos nostálgicos de los tiempos en que teníamos órganos reguladores autónomos, podrán releerlo y decir “Dehesa nos lo advirtió”. Como siempre.





