O cómo un catolico con amnesia selectiva intenta explicarles que el demonio no es una metáfora
(desde algún lugar donde todavía se puede escribir esto)
Queridos lectores de La Neta:
Hoy no vengo a hacerles reír. Bueno, quizás un poco, porque el humor es el último refugio de los que todavía no perdemos la esperanza. Pero principalmente vengo a decirles algo que me arde en el pecho desde hace tiempo, algo que me obligó a sentarme frente a esta máquina con la urgencia de quien sabe que el tiempo apremia.
Vengo a hablarles del demonio.
Sí, ya sé. Ya escucho el clic de los que cierran esta página pensando “ah, otro loco religioso”. Los entiendo. Yo fui ustedes durante muchos años. Era de los que decían “la religión es el opio del pueblo” citando a Marx sin saber que Marx, precisamente Marx, escribió en su juventud: “Con Satanás he hecho mi pacto. Él anota las señales, apresura el tiempo para mí. Yo toco la marcha de la muerte, rápido y con libertad.”
Eso no es una metáfora, queridos lectores. Eso es una confesión.
I. EL JOVEN KARL Y SU ESPADA ENDEMONIADA
Permítanme contarles algo que no les enseñaron en la universidad —a mí tampoco me lo enseñaron, y miren que estudié con los jesuitas—.
Existe un libro que el establishment académico prefiere ignorar: “Marx y Satán”, escrito por Richard Wurmbrand, un pastor luterano rumano que pasó catorce años en las cárceles comunistas siendo torturado por su fe. Catorce años, señores. No estamos hablando de un teórico de escritorio sino de un hombre que conoció el comunismo desde sus entrañas más oscuras.
¿Y qué descubrió Wurmbrand investigando los escritos juveniles de Marx? Que el padre del comunismo, antes de escribir El Capital, escribió poemas y obras de teatro profundamente perturbadores. En su drama “Oulanem” —que, como señalan los estudiosos, es un anagrama de “Emmanuel”, el nombre de Cristo, escrito al revés, como se hace en los rituales satánicos— Marx pone en boca de su protagonista:
“¡Arruinado! ¡Arruinado! Mi tiempo se ha acabado… Pronto abrazaré la eternidad en mi pecho, y pronto aullaré maldiciones gigantescas sobre la humanidad.”
Y en otro poema, “El Violinista”, Marx escribe:
“Mira esta espada: me la vendió el Príncipe de las Tinieblas.”
Ahora bien, yo no soy teólogo ni historiador. Soy apenas un columnista con más vicios que virtudes. Pero hasta yo entiendo que cuando alguien escribe que le vendieron una espada el “Príncipe de las Tinieblas”, no está hablando de una ferretería en Tepito.
Los defensores de Marx dirán: “Eran desvaríos de juventud”. Muy bien. ¿Y cómo explican que su frase favorita durante toda su vida, según sus propios biógrafos, fuera la sentencia de Mefistófeles en el Fausto de Goethe: “Todo lo que existe merece perecer”?
¿Desvarío de juventud a los sesenta años?
El propio Friedrich Engels, su colaborador más cercano, escribió sobre Marx antes de conocerlo: “¿Quién viene persiguiendo salvajemente? Un hombre negro de Tréveris, un monstruo poseído. Él no camina ni corre, salta sobre sus talones y se enfurece lleno de ira como si quisiera atrapar la ancha tienda del cielo y arrojarla a la tierra. Extiende sus brazos ampliamente en el aire; el puño maligno está cerrado, él se enfurece sin cesar, como si diez mil demonios lo tuvieran agarrado por los cabellos.”
Diez mil demonios. No lo digo yo. Lo dijo Engels.
II. LO QUE PASÓ EL 4 DE NOVIEMBRE EN SAN LÁZARO
Hace apenas unas semanas, el 4 de noviembre de 2025, ocurrió algo extraordinario en la Cámara de Diputados. El legislador Francisco Javier Farías Bailón, de Movimiento Ciudadano, estaba en tribuna discutiendo el Presupuesto de Egresos —algo tan mundano como los frijoles del desayuno— cuando tuvo la osadía, el atrevimiento imperdonable, de pronunciar estas palabras:
“Dios bendiga al pueblo de México.”
Y entonces, queridos lectores, ocurrió algo que parece sacado de una película de terror clase B pero que está documentado en video: los diputados de Morena comenzaron a gritar, a interrumpir, a retorcerse en sus curules como si les hubieran echado agua bendita.
La vicecoordinadora de Morena, Dolores Padierna, exigió una moción de orden. Su argumento: México es un Estado laico, no se puede mencionar a Dios en tribuna.
El diputado Farías respondió: “Si tú no crees, Dolores Padierna, respétame que yo creo en Dios, y nadie va a callar la voz de un hijo creyente de Dios.”
Y siguió bendiciendo.
Y ellos siguieron retorciéndose.
El coordinador del PAN, Elías Lixa, observó con precisión quirúrgica: “Es increíble que se hayan tolerado más las mentadas de madre que hablar en nombre de Dios.”
Y el priísta Rubén Moreira remató: “Le quiero recordar a la mayoría que hubieran ustedes reconvenido al jefe del Estado mexicano cuando le dijo a este país que con un ‘detente’ se paraba una pandemia y murieron miles de personas por sus supersticiones. ¡Dios te bendiga, señor legislador! ¡Y claro que Dios existe, presidenta, aunque los de allá no lo vean!”
Los diputados de Morena, esos mismos que defienden la libertad de expresión cuando les conviene, le gritaron al diputado Farías: “¡Satánico!”
Lean eso otra vez.
Los de Morena le gritaron “satánico” a un hombre por mencionar a Dios.
Es como si el vampiro le gritara “monstruo” al sacerdote que sostiene el crucifijo. La inversión es perfecta. El engaño es completo. Y la mayoría de los mexicanos ni se enteró porque estaban viendo el partido o el último capítulo de su serie favorita.
III. LA SERPIENTE EN EL TEMPLO MAYOR
¿Recuerdan el 1 de diciembre de 2018?
Ese día, Andrés Manuel López Obrador no solo tomó posesión como presidente de México. Ese día, a las cinco de la madrugada, en el Templo Mayor de la antigua Tenochtitlan —sí, el mismo lugar donde los aztecas arrancaban corazones humanos para ofrecerlos a sus dioses— se llevó a cabo una ceremonia de “consagración” del bastón de mando que recibiría el nuevo presidente.
Después, en el Zócalo, ante millones de mexicanos, López Obrador fue sometido a un “ritual de purificación” por chamanes que lo sahumaron con copal, invocaron a los cuatro puntos cardinales, y le entregaron un bastón rematado con la cabeza de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada.
“Muy bonito”, dirán algunos. “Es nuestro patrimonio cultural”.
¿Lo es?
Permítanme recordarles algunas cositas sobre ese “patrimonio cultural”:
Los aztecas practicaban el sacrificio humano de manera sistemática. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Les arrancaban el corazón aún latiendo para alimentar a sus dioses. Se estima que sacrificaban entre 20,000 y 250,000 personas al año. En la reconsagración del Templo Mayor en 1487, según los cronistas, fueron sacrificadas entre 3,000 y 84,000 personas en cuatro días.
Y adoraban a una serpiente.
Ahora bien, yo no pretendo ser biblista, pero hasta un católico de misa dominical como yo recuerda quién es la serpiente en el Génesis. La serpiente que engaña a Eva. La serpiente que representa al Enemigo de Dios desde el principio de los tiempos.
¿Casualidad?
En septiembre de 2025, cuando los nuevos ministros de la Suprema Corte —esos que llegaron por la “elección judicial” de Morena— tomaron posesión, ¿qué hicieron? Repitieron exactamente los mismos rituales. Consagración de bastones en zonas arqueológicas. Limpias con copal. Invocaciones ancestrales.
Los críticos señalaron que estos rituales no representan a todos los pueblos indígenas, que son una “simulación” de tradiciones. Pero el simbolismo es claro: esta no es una administración que gobierna bajo la protección de Dios. Esta es una administración que deliberadamente busca fuentes de poder QUE NO SON DE DIOS.
Y esas otras fuentes, queridos lectores, tienen nombre. El demonio.
IV. LA PRESIDENTA QUE NO CREE EN NADA (O EN TODO MENOS EN DIOS)
Nuestra actual presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, ha declarado públicamente: “No soy católica. No soy religiosa.”
En 2020 le dijo al New York Times: “Mis padres siempre fueron ateos. Nunca pertenecí a la comunidad judía, y crecimos alejados un poco de eso.”
Y sin embargo, durante su campaña, se le vio portando una falda con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Se reunió con el Papa Francisco. Visitó la Basílica.
¿Hipocresía electoral? Por supuesto. Pero hay algo más profundo aquí.
Una persona que no cree en Dios pero usa símbolos religiosos para ganar votos no es simplemente una oportunista política. Es alguien que entiende el poder de lo sagrado pero lo manipula para fines terrenales. Es alguien que trata a la fe como una herramienta, no como una verdad.
Y cuando no crees en Dios, cuando niegas lo sagrado, cuando el ateísmo es tu cosmovisión… entonces, ¿bajo qué autoridad gobiernas? ¿Bajo qué principios tomas decisiones que afectan a millones?
“Bajo la razón”, me dirán. “Bajo la ciencia”.
Muy bien. Veamos cómo le ha ido a la humanidad cuando gobierna “la razón” sin Dios.
La Revolución Francesa, ese experimento de razón pura, guillotinó a decenas de miles en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. La Unión Soviética, gobernada por el ateísmo científico de Marx, asesinó entre 20 y 60 millones de personas. La China de Mao, otros 45 a 75 millones. Camboya bajo Pol Pot, 2 millones (un cuarto de su población).
Cada vez que el hombre ha intentado construir el paraíso en la tierra sin Dios, ha construido el infierno.
V. LA FRONTERA ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO
Quiero que hagan un ejercicio mental conmigo.
Imaginen que tienen un dron. Lo elevan sobre la frontera entre San Diego, California, y Tijuana, Baja California. Están a un metro de distancia. Es la misma tierra, el mismo clima, las mismas coordenadas geográficas prácticamente.
A un lado: orden, prosperidad, calles limpias, oportunidades.
Al otro lado: caos, violencia, pobreza, desesperanza.
¿Por qué?
Los economistas les darán mil explicaciones: instituciones, políticas públicas, inversión, educación. Y tienen razón en parte. Pero hay algo que no pueden explicar con sus modelos econométricos.
En el dólar estadounidense, desde 1956, aparece una frase: “In God We Trust”. En Dios confiamos.
Cuando el presidente de Estados Unidos toma posesión, pone su mano sobre la Biblia.
El Juramento de Lealtad estadounidense incluye las palabras “under God”, bajo Dios.
¿Garantiza esto que Estados Unidos sea perfecto? Por supuesto que no. Los gringos tienen sus propios demonios, sus propias injusticias, sus propios pecados históricos. Pero hay algo en el ADN fundacional de esa nación —imperfecta, contradictoria, a veces hipócrita— que reconoce una autoridad superior al Estado, una ley moral que trasciende las leyes humanas.
México, en cambio, fue consagrado a las deidades prehispánicas por sus actuales gobernantes. Fue entregado ritualmente a fuerzas que exigían sangre humana para existir.
¿Y cómo está México hoy?
Los números de muertos por violencia. Los feminicidios. Los desaparecidos. La corrupción que pudre todo lo que toca. La desesperanza de los jóvenes. Las caravanas de migrantes huyendo hacia el norte.
No estoy diciendo que todos nuestros problemas se resuelvan yendo a misa. Estoy diciendo que un país sin brújula moral, sin referencia a lo trascendente, sin temor de Dios, es un barco a la deriva en medio de la tormenta.
Y la tormenta ya está aquí.
VI. UNA CONFESIÓN PERSONAL
Aquí es donde esta columna se pone incómoda. Porque voy a hablar de mí.
Yo no soy un santo. Estoy más lejos de la santidad que Tijuana de San Diego. He estado en rehabilitación por adicciones. He tocado fondo de maneras que no voy a describir aquí porque mi madre podría leer esto y ya bastante la he hecho sufrir.
Durante años fui catolico con amnesia. No de esos tranquilos que simplemente no creen y ya. Fui de los ateos militantes, de los que se burlaban de los creyentes, de los que citaban a Nietzsche (“Dios ha muerto”) y a Marx (“la religión es el opio del pueblo”) sintiéndose muy intelectuales.
Y mientras más me alejaba de Dios, más me hundía.
No fue la ciencia lo que me rescató. No fueron las instituciones. No fue el Estado laico.
Fue regresar. Regresar al Padre. Regresar a la iglesia donde me bautizaron. Regresar a la confesión, a la misa, a los sacramentos que había despreciado durante décadas.
¿Eso me hace mejor persona que ustedes? No. Me hace una persona que reconoce su debilidad y sabe que necesita ayuda que no viene de este mundo.
Y desde ese lugar, desde el fondo del pozo donde estuve y del que apenas voy saliendo, les digo: el demonio existe.
No es una metáfora. No es “energía negativa”. No es “malas vibras”. No es un arquetipo jungiano ni un constructo social.
Es una entidad real que odia a Dios y, por lo tanto, nos odia a nosotros, sus hijos. Y su estrategia más efectiva es convencernos de que no existe.
¿Quieren saber cómo opera? Miren a su alrededor:
El yoga que promete paz interior pero te conecta con deidades hindúes cuyos nombres ni conoces.
Los cuarzos y la sanación energética que te alejan de los sacramentos.
El tarot, la astrología, los horóscopos que consultas cada mañana como si fueran evangelio.
El “soy espiritual pero no religioso” que es la puerta de entrada a todo menos a Dios.
La Nueva Era completa, ese supermercado de espiritualidad donde puedes armar tu propia religión a la carta, sin compromiso, sin comunidad, sin cruz.
Todo eso tiene un origen. Y ese origen no es benigno.
VII. VENEZUELA, CUBA, Y EL ESPEJO QUE NO QUEREMOS VER
Miren a Venezuela.
Un país que era el más rico de América Latina. Petróleo, recursos naturales, una clase media próspera. ¿Qué pasó? Llegó el socialismo del siglo XXI. Llegó Chávez citando a Marx. Llegó Maduro con sus pajaritos que le hablan y sus santeros que lo asesoran.
Y hoy los venezolanos comen de la basura, huyen por millones, y un régimen cada vez más abiertamente diabólico se aferra al poder mientras el pueblo sufre.
Miren a Cuba.
Más de sesenta años de comunismo. Más de sesenta años de miseria. Y los Castro, mientras el pueblo no tenía qué comer, consultaban santeros y practicaban rituales afrocubanos para mantenerse en el poder.
¿Coincidencia?
Ahora miren a México.
Un gobierno que participa en rituales prehispánicos. Una presidenta atea. Una clase política que se retuerce cuando alguien menciona a Dios en tribuna. Una oposición a la religión tan visceral que parece… sobrenatural.
El patrón es el mismo. Las fuerzas detrás del telón son las mismas.
Y el destino, si no despertamos, será el mismo.
VIII. ESTO NO ES IZQUIERDA CONTRA DERECHA
Quiero ser muy claro en esto porque sé que algunos van a querer encasillar esta columna como “propaganda de derecha” o “discurso conservador”.
Esto no es izquierda contra derecha.
El PRI robó durante décadas. El PAN decepcionó cuando tuvo la oportunidad. Ningún partido político tiene el monopolio de la virtud ni del vicio.
Esto es algo más profundo. Esto es el bien contra el mal.
Es una batalla espiritual que se manifiesta en lo político, en lo económico, en lo social, pero que tiene su origen en otra dimensión. Una dimensión que el mundo moderno ha decidido ignorar porque es más cómodo vivir como si no existiera.
Pero existe.
Y la Cuarta Transformación, más allá de sus políticas públicas buenas o malas, más allá de sus programas sociales, más allá de sus reformas constitucionales, tiene en su núcleo algo que los católicos reconocemos: un espíritu de rebelión contra Dios.
Lo vimos cuando se burlaron del diputado que bendijo al Congreso.
Lo vimos cuando consagraron el poder a las deidades prehispánicas, esas deidades que exigian sangre de niños y que era representada por una serpiente.
Lo vemos cada vez que atacan a la Iglesia, cada vez que promueven el aborto, cada vez que destruyen las instituciones que ponían límites al poder absoluto.
El comunismo, nos enseñó Wurmbrand, no es ateísmo. Es religión invertida. Es adoración del hombre en lugar de Dios. Es la promesa de Satanás en el Jardín del Edén: “Seréis como dioses.”
Y esa promesa sigue seduciendo a la humanidad.
IX. ¿QUÉ PODEMOS HACER?
Si han llegado hasta aquí, probablemente están pensando una de dos cosas:
- “Este tipo está completamente loco”, o
- “Tiene razón, pero ¿qué puedo hacer yo?”
A los primeros no tengo nada más que decirles. Sigan su camino. El libre albedrío existe y Dios respeta sus decisiones, aunque le duelan.
A los segundos les digo: hay esperanza.
La consagración que hicieron López Obrador y Sheinbaum a fuerzas oscuras puede ser rota. El pacto puede ser renunciado. No por ellos —que claramente no van a hacerlo— sino por nosotros, por cada mexicano que todavía tiene fe.
¿Cómo?
Regresando a Dios.
No estoy hablando de volverse fanático ni de andar predicando en las esquinas. Estoy hablando de cosas sencillas:
- Ve a misa. Este domingo. No el próximo. Este.
- Confiésate. Aunque tengas años sin hacerlo. Especialmente si tienes años sin hacerlo.
- Reza. El Rosario, el Padre Nuestro, lo que sea. Pero reza.
- Renuncia explícitamente a cualquier ritual o práctica espiritual que no sea cristiana. Si alguna vez participaste en limpias, en lecturas de tarot, en sesiones de yoga kundalini, en ceremonias new age… renuncia a eso en el nombre de Jesús.
- Pide a un sacerdote que ore por la liberación de México.
¿Suena simplista? Quizás.
Pero los problemas espirituales requieren soluciones espirituales. Y ninguna reforma constitucional, ningún partido político, ninguna marcha en la calle va a arreglar lo que está roto en el alma de México.
Solo Dios puede hacer eso.
X. EPÍLOGO: LA BATALLA POR LAS ALMAS
México es un país mayoritariamente católico. Según las encuestas, más del 75% de los mexicanos se identifican como católicos.
Pero somos católicos con Alzheimer.
Católicos que van a misa en Navidad y Semana Santa pero consultan el horóscopo diario.
Católicos que se persignan antes de un examen pero viven como si Dios no existiera.
Católicos de nombre que hemos olvidado lo que significa realmente seguir a Cristo.
Y mientras dormimos, mientras nos entretenemos, mientras nos peleamos por política y futbol, fuerzas muy reales trabajan para alejarnos definitivamente de Dios.
La batalla por México es una batalla por las almas. Por tu alma. Por la mía. Por la de tus hijos y tus nietos.
No es una exageración. Es la verdad más importante que puedo decirles.
El demonio existe. Y tiene planes para ti.
Pero Dios también existe. Y te ama más de lo que puedes imaginar.
La decisión es tuya.
Me despido hoy sin chiste, sin ironía, sin el sarcasmo que usualmente me protege de la seriedad del mundo. Me despido con una oración:
Señor, ten piedad de México. Ten piedad de nosotros, pecadores. Y danos la gracia de despertar antes de que sea demasiado tarde.
Escribiendo desde el mismo lugar donde siempre he escrito: desde la imperfección de un hombre que busca la luz.
PD: Si después de leer esto piensas que exagero, te invito a investigar por tu cuenta. Lee a Wurmbrand. Lee los poemas juveniles de Marx. Mira los videos de los rituales de toma de posesión. Y después decides.
PD2: A los de Morena que van a atacar esta columna: pueden insultarme todo lo que quieran. Pero no pueden cambiar lo que sus propios diputados gritaron en San Lázaro cuando alguien mencionó a Dios. Eso quedó grabado para la historia.
PD3: A los católicos que todavía no despiertan: sus abuelos rezaban el Rosario en familia cada noche. Sus bisabuelos caminaban kilómetros para ir a misa. ¿Y ustedes no pueden dedicar una hora a la semana? La fe que no se practica es fe que se pierde. Y una fe perdida es un alma en peligro.
PD4: A los que ya no creen en nada: los entiendo. Yo estuve ahí. Pero les prometo que hay algo más que esta existencia vacía que el mundo moderno nos ofrece. Búsquenlo. Antes de que sea tarde.
© La Neta – Noviembre 2025





