O cómo sobrevivir al apocalipsis laboral que nunca llegó… otra vez
(tecleando esto en una computadora que ya no requiere de una secretaria con máquina de escribir)
Queridos lectores de La Neta:
Circula por ahí un anuncio de trabajo ficticio que se ha vuelto viral. La vacante es para “Ingeniero de Interruptor de Emergencia” en OpenAI, los creadores del famoso ChatGPT. Los requisitos del puesto incluyen: “Estar parado junto a los servidores todo el día y desconectarlos si esta cosa se nos voltea”. Como habilidades deseables: “Saber aventar una cubeta de agua a los servidores. Por si las dudas.”
Me reí. Luego me dio un escalofrío. Luego volví a reírme.
Porque resulta que, mientras todos andamos preocupados de que los robots nos van a quitar la chamba, la realidad —como suele suceder— está resultando bastante más interesante y bastante menos apocalíptica.
I. LA HISTORIA QUE YA VIVIMOS (Y QUE SE NOS OLVIDA)
Permítanme contarles algo que mis lectores más jóvenes quizás no saben.
Cuando se inventó la rueda de goma —esa maravilla que hoy nos parece tan obvia— hubo quien predijo el fin de los fabricantes de ruedas de carreta. Y sí, efectivamente, los artesanos que hacían ruedas de madera con aros de hierro tuvieron que reinventarse o desaparecer. Pero ¿saben qué pasó? Aparecieron los vulcanizadores, los llanteros, los mecánicos especializados, toda una industria que antes no existía.
Cuando llegó el motor de combustión interna, los caballos fueron mandados a las películas del Viejo Oeste. Los cocheros y arrieros tuvieron que buscar otro oficio. Pero surgieron los choferes, los mecánicos automotrices, los gasolineros, los vendedores de refacciones, las autopartes, los estacionamientos, las aseguradoras de autos, los hospitales de lámina y pintura. ¿Cuántos empleos generó el automóvil por cada cochero que dejó sin trabajo?
Y luego vino la computadora.
Yo alcancé a ver las últimas máquinas de escribir en las oficinas de gobierno. Esos aparatos ruidosos donde las secretarias —porque eran casi siempre secretarias— tecleaban a una velocidad que parecía sobrehumana, y si se equivocaban tenían que usar ese líquido blanco corrector que olía a solvente y probablemente nos estaba matando las neuronas.
“La computadora va a acabar con las secretarias”, decían los agoreros.
¿Y qué pasó? Las secretarias se convirtieron en asistentes administrativas con dominio de Excel, Word, PowerPoint, correo electrónico y bases de datos. Los que no se actualizaron, bueno, tuvieron problemas. Pero los que aprendieron ganaron más, trabajaron mejor y se volvieron indispensables de maneras nuevas.
Esto no es optimismo ingenuo. Es historia.
Y la historia nos dice que las revoluciones tecnológicas no eliminan el trabajo humano. Lo transforman. Destruyen empleos viejos mientras crean empleos nuevos que ni siquiera podíamos imaginar.
¿Cuántos “community managers” había en 1995? ¿Cuántos “influencers”? ¿Cuántos “desarrolladores de apps”? ¿Cuántos “especialistas en ciberseguridad”?
Cero. Ninguno. Esos trabajos no existían porque no existía el ecosistema que los requería.
La inteligencia artificial está creando su propio ecosistema. Y ese ecosistema necesita humanos. Muchos humanos. Pero humanos diferentes.
II. LOS NUEVOS OFICIOS QUE YA ESTÁN AQUÍ
Déjenme contarles sobre algunos de los trabajos que están surgiendo gracias a (no a pesar de) la inteligencia artificial.
El Anotador de Datos 2.0
¿Recuerdan a esos trabajadores mal pagados que se la pasaban etiquetando imágenes para entrenar algoritmos? “Esto es un gato. Esto es un perro. Esto es un semáforo.” Un trabajo tedioso y con salario de miseria.
Pues resulta que ese trabajo evolucionó.
Ahora, las empresas de IA necesitan expertos en finanzas, derecho y medicina para entrenar sus modelos. Ya no basta con decirle a la máquina qué es un gato. Ahora hay que enseñarle a interpretar un contrato legal, a analizar un estado financiero, a evaluar un diagnóstico médico.
Una startup llamada Mercor, que conecta a estos expertos con las empresas que construyen inteligencia artificial, acaba de ser valuada en 10 mil millones de dólares. Y sus “anotadores” —que ya no son muchachos en un sótano sino profesionistas con posgrado— ganan en promedio 90 dólares la hora.
Eso son como 1,800 pesos mexicanos por sesenta minutos de trabajo. Más de lo que gana un médico residente en un turno completo.
El Ingeniero de Despliegue Avanzado
Hay un nuevo puesto que en inglés llaman “Forward-Deployed Engineer” (FDE). Suena muy fancy, pero en cristiano significa: el tipo que agarra la inteligencia artificial y la hace funcionar dentro de una empresa real, con problemas reales y empleados reales que no entienden de tecnología.
Palantir, la empresa de análisis de datos que trabaja con gobiernos y corporaciones, fue pionera en este concepto. Sus FDEs se describen a sí mismos con un dramatismo digno de película de acción: “Al principio, éramos solo nosotros. Dos ingenieros lanzados a una base militar cerca de Kandahar, con órdenes mínimas pero claras desde Palo Alto: ‘Vayan allá y ganen.'”
Exagerados, quizás. Pero el punto es válido.
Un FDE es una mezcla de programador, consultor y vendedor que trabaja directamente con el cliente para personalizar las herramientas de IA y hacer que funcionen. No está en una oficina bonita en Silicon Valley. Está en las trincheras, resolviendo problemas que los algoritmos no anticiparon.
YCombinator, la famosa incubadora de startups que ha lanzado empresas como Airbnb y Dropbox, reporta que sus empresas jóvenes tienen actualmente 63 vacantes para FDEs. El año pasado tenían cuatro.
El crecimiento es exponencial.
El Especialista en “El Factor Humano”
Aquí viene lo interesante.
Conforme los agentes de IA se multiplican, sus creadores necesitan entender los contextos humanos en los que van a operar. Una empresa que construye un bot de servicio al cliente, por ejemplo, necesita comprender por qué un cliente frustrado marca el cero solo para gritarle a un humano.
Eso no lo puede resolver un algoritmo. Eso requiere empatía, psicología, experiencia de vida.
Himanshu Palsule, director de una empresa de desarrollo de habilidades, usa el ejemplo de Waymo, los robotaxis de Google. Los coches se manejan solos de principio a fin. Perfecto. Pero ¿qué pasa cuando se descomponen y dejan a los pasajeros encerrados adentro?
Entonces necesitas lo que él llama “la persona en el cielo”: un solucionador de problemas remoto que no solo entiende la tecnología sino que sabe cómo manejar a pasajeros alterados, asustados, enojados.
Los ingenieros de software, dice Palsule, antes eran contratados por sus habilidades de programación, no por su capacidad de tratar con personas. Eso cambió. Escribir código ahora lo puede hacer un algoritmo. “Tu personalidad es donde está tu valor agregado.”
Léanlo otra vez: tu personalidad es donde está tu valor agregado.
La inteligencia artificial puede programar. No puede ser humana.
El Guardián del Caos Digital
Con tanto agente de IA suelto por ahí, alguien tiene que asegurarse de que no provoquen el apocalipsis.
El Consorcio de Fuerza Laboral de IA, un grupo de investigación liderado por Cisco, examinó recientemente 50 empleos de tecnología en países desarrollados. El que más rápido está creciendo —incluso más que los programadores de IA— es el de especialista en riesgo y gobernanza de IA.
¿Qué hace esta persona? Se asegura de que los bots no filtren datos confidenciales, no tumben los sistemas de la empresa, no tomen decisiones que violen regulaciones, no discriminen a ciertos usuarios, no generen contenido que meta en problemas legales a la compañía.
Es, básicamente, el adulto responsable en el cuarto donde los niños juegan con fuego.
Y las empresas están desesperadas por encontrar a estas personas.
El Chief AI Officer
Y en la cima de toda esta pirámide, está emergiendo una nueva posición ejecutiva: el Director de Inteligencia Artificial.
Según IBM, la empresa promedio grande utiliza hasta 11 modelos diferentes de IA generativa. Once. Y constantemente está siendo bombardeada por vendedores tratando de colocarle agentes para cada función imaginable.
El Chief AI Officer necesita combinar conocimiento técnico con entendimiento profundo de la industria específica y experiencia transformando procesos corporativos. Tiene que decidir qué herramientas adoptar, cuáles rechazar, cómo integrarlas, cómo medir su impacto, cómo manejar los riesgos.
No es trabajo para cardíacos.
De hecho, bromea el artículo de The Economist del que saco esta información, los que ocupan estos puestos probablemente ya sienten la tentación de jalar ese “interruptor de emergencia” del que hablamos al principio.
III. LA LECCIÓN QUE NO QUEREMOS ESCUCHAR
¿Y qué significa todo esto para ti, querido lector que quizás está preocupado por su futuro laboral?
Significa varias cosas:
Primero: La IA no viene a quitarte tu trabajo. Viene a quitarle el trabajo a la versión de ti que no se actualiza.
El problema no es la tecnología. El problema es la resistencia al cambio. Los cocheros que aprendieron a manejar automóviles prosperaron. Los que se aferraron al caballo terminaron en museos… o en el desempleo.
Segundo: Las habilidades humanas están de regreso.
Durante décadas, nos dijeron que lo técnico era lo importante. Aprende a programar. Aprende matemáticas. Aprende ingeniería. Lo “suave” —comunicación, empatía, creatividad, liderazgo— era secundario.
La IA acaba de voltear esa tortilla.
Si un algoritmo puede programar mejor que tú (y ya puede), tu ventaja competitiva está en lo que el algoritmo no puede hacer: conectar con otros humanos, entender contextos emocionales, tomar decisiones éticas, inspirar equipos, manejar crisis con tacto.
Tercero: La actualización constante ya no es opcional.
Mi generación podía aprender un oficio a los veinte años y practicarlo sin cambios hasta la jubilación. Eso se acabó. El profesionista del siglo XXI tiene que estar aprendiendo siempre, reinventándose constantemente, manteniéndose al día con las herramientas que transforman su industria.
¿Es cansado? Sí.
¿Es la realidad? También sí.
IV. NO LE TENGAS MIEDO A LA HERRAMIENTA
Miren, yo uso ChatGPT. Lo uso para investigar, para organizar ideas, para revisar borradores. ¿Me va a quitar el trabajo? No. Porque ChatGPT no tiene mis cuarenta años de experiencia observando la comedia humana mexicana. No tiene mi voz. No tiene mis opiniones formadas a base de triunfos y fracasos. No tiene mi capacidad de conectar con ustedes, mis lectores, a través de una pantalla.
Lo que ChatGPT sí hace es quitarme trabajo tedioso para que me concentre en lo que importa: pensar, crear, comunicar.
Es como cuando llegó la calculadora. Los contadores que temían que la calculadora los dejara sin trabajo estaban equivocados. La calculadora eliminó la aritmética manual para que los contadores pudieran concentrarse en análisis, estrategia, asesoría.
La IA es una herramienta. La herramienta más poderosa que hemos creado como especie, probablemente. Pero sigue siendo una herramienta.
Y las herramientas no reemplazan a las personas. Amplifican sus capacidades.
El que sabe usar la herramienta gana. El que le tiene miedo a la herramienta pierde.
Así de simple.
V. EPÍLOGO: LOS TRABAJOS QUE AÚN NO EXISTEN
Dentro de diez años habrá trabajos que hoy ni siquiera podemos imaginar.
¿Cuántos “prompt engineers” había en 2020? Cero. Hoy hay miles ganando muy bien.
¿Cuántos “especialistas en ética algorítmica” había en 2015? Nadie sabía qué era eso. Hoy es una de las carreras con más demanda en universidades de élite.
El ecosistema de la inteligencia artificial apenas está naciendo. Y como todo ecosistema nuevo, está generando nichos ecológicos que serán ocupados por quien llegue primero, por quien se prepare mejor, por quien esté dispuesto a aprender lo que aún no sabe.
¿Será fácil? No.
¿Será automático? Tampoco.
¿Será posible? Absolutamente.
La pregunta no es si la IA va a cambiar el mundo del trabajo. Ya lo está cambiando. La pregunta es si tú vas a cambiar con él o te vas a quedar atrás quejándote de que ya nada es como antes.
Spoiler: Nunca nada fue como antes. Y eso, aunque no lo creas, es una buena noticia.
Me despido hoy con más optimismo del que usualmente muestro. Porque a pesar de todos los problemas que comentamos en estas páginas —y vaya que son muchos— sigo creyendo en la capacidad del ser humano para adaptarse, para aprender, para reinventarse.
La IA no es el fin de la historia humana. Es el principio de un nuevo capítulo.
Y ese capítulo lo vamos a escribir nosotros. Con ayuda de las máquinas, sí. Pero nosotros al volante.
O bueno, al teclado.
Escribiendo todavía con mis propios dedos, aunque ya no tan rápido como antes.
PD: Si después de leer esto sigues convencido de que un robot va a hacer tu trabajo mejor que tú, pregúntate: ¿cuándo fue la última vez que aprendiste algo nuevo? Si la respuesta te incomoda, ahí tienes tu verdadero problema.
PD2: A los jóvenes que están eligiendo carrera: no estudien para el mercado laboral de hoy. Estudien para desarrollar capacidades de aprendizaje, adaptación y creatividad. Los trabajos específicos van y vienen. La capacidad de reinventarse es para siempre.
PD3: Y sí, quizás algún día necesitemos ese “ingeniero del interruptor de emergencia” para desconectar a Skynet. Pero mientras tanto, más nos vale aprender a usar estas herramientas antes de que otros lo hagan por nosotros.
© La Neta – Diciembre 2025





