- Advertisement -spot_img
InicioENTRETENIMIENTOEL EMPUJONCITO QUE TODOS NECESITAMOS

EL EMPUJONCITO QUE TODOS NECESITAMOS

Queridos lectores de La Neta, esos valientes que aún me soportan después de tantos años:

Hoy les traigo una pequeña anécdota que escuché en una de esas tediosas cenas de gala a las que a veces asisto —no porque me gusten, sino porque sirven whisky gratis y porque mi esposa insiste en que de vez en cuando debo salir de mi cueva y comportarme como un ser humano civilizado, algo que según ella se me dificulta enormemente.

Resulta que un millonario de esos que abundan en Las Lomas o en Santa Fe —esos que tienen más dinero que cultura y más metros cuadrados que neuronas— organizó una de esas fiestas ostentosas donde la abundancia solo es superada por el mal gusto. Ya saben: caviar importado, champagne francés y conversaciones tan profundas como un charco en Tlalpan.

En determinado momento de la noche, cuando el alcohol ya había hecho su trabajo en las inhibiciones de los presentes, el anfitrión pidió que pararan la música. Con ese aire de superioridad que solo da tener la cuenta bancaria más grande que el coeficiente intelectual, miró hacia su piscina —donde, por cierto, criaba cocodrilos australianos, porque tener peces de colores sería demasiado ordinario.

“Quien se tire a la piscina, consiga atravesarla y salga vivo del otro lado”, anunció con voz potente, “ganará mis autos, mis aviones y mis mansiones”.

Los invitados se rieron nerviosamente, pensando que era una broma de mal gusto, como casi todo en esa fiesta. Pero de repente, ante el asombro general, alguien saltó a la piscina.

Lo que siguió fue una escena que ni el mismísimo Guillermo del Toro hubiera podido dirigir mejor. El valiente —o suicida, dependiendo de cómo se mire— luchaba contra los reptiles como si hubiera nacido en el pantano. Sostenía las fauces de los cocodrilos con pies y manos, torcía sus colas, esquivaba sus ataques. Era como ver a un político mexicano defendiendo su honestidad: improbable pero fascinante.

Después de unos minutos que parecieron eternos —como el segundo informe de gobierno de cualquier presidente—, el hombre salió del otro lado de la piscina. Estaba lleno de arañazos, moretones y prácticamente desnudo, como mis finanzas después de pagar los impuestos.

El millonario, genuinamente impresionado, se acercó para felicitarlo y le preguntó dónde quería que le entregara los autos y los aviones.

“Gracias”, respondió el hombre jadeando, “pero no quiero sus autos ni sus aviones”.

“¿Y las mansiones?”, insistió el rico.

“Tengo una hermosa casa, no necesito las suyas. Puede quedarse con ellas”.

“No quiero nada que sea suyo”, añadió tajante.

El millonario, tan confundido como un diputado en una biblioteca, preguntó entonces:

“Pero si usted no quiere nada de lo que ofrecí, entonces ¿qué quiere?”

Y el hombre, con una mirada que hubiera congelado el infierno, respondió:

“¡Encontrar al hijo de la chingada que me empujó a la piscina!”

Esta historia, más allá de provocarnos una carcajada (que espero haya sucedido, o tendré que replantearme mi carrera como narrador), me llevó a una reflexión profunda. Bueno, tan profunda como puede ser una reflexión mientras uno está sentado en el baño leyendo el periódico.

Todos somos capaces de realizar hazañas extraordinarias que ni siquiera imaginamos. A veces, lo único que necesitamos es un empujoncito. O, en palabras más mexicanas, un hijo de la chingada que nos lance al abismo.

Piénsenlo: ¿Cuántos de nosotros hemos descubierto capacidades insospechadas cuando las circunstancias nos han obligado? Ese ascenso que no buscabas pero que te obligó a aprender inglés. Ese divorcio doloroso que te enseñó que podías vivir solo. Esa crisis económica que te demostró que podías sobrevivir con menos de lo que creías. Ese sexenio imposible que nos enseñó que México siempre puede estar peor.

Como dice la moraleja de esta historia: en ciertos casos, un hijo de la chingada es necesario en nuestras vidas.

Lo triste es que México está lleno de hijos de la chingada, pero en lugar de empujarnos hacia la grandeza, nos empujan hacia piscinas vacías. Y ahí radica nuestra tragedia nacional.

En fin, queridos lectores, que esta semana encuentren a alguien que los empuje —metafóricamente, por favor— hacia esas metas que siempre han postergado. Y si ustedes son ese “empujador” en la vida de alguien más, procuren al menos asegurarse de que la piscina tenga agua. Los cocodrilos son opcionales.

Me despido recordándoles que, como decía mi abuela, “A veces necesitamos caer al fondo para descubrir que sabemos nadar”.

Germán Dehesa, desde mi computadora, donde alguien debería empujarme a terminar de una vez por todas ese libro que llevo prometiendo desde hace década y media.

- Advertisement -spot_img
- Advertisement -spot_img
Mantente Conectado
16,985FansMe gusta
2,458SeguidoresSeguir
61,453SuscriptoresSuscribirte
Debe leer
- Advertisement -spot_img
Noticias Relacionadas
- Advertisement -spot_img

Deja un comentario