CARTA ABIERTA A GERARDO FERNÁNDEZ NOROÑA: SOBRE MENTIRAS, PRIMERA CLASE Y CONGRUENCIA

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Estimado Senador Fernández Noroña:

Permítame comenzar esta carta aclarando algo que probablemente lo sorprenderá: no tengo ningún problema con que usted viaje en primera clase, maneje un vehículo blindado de alta gama, o viva en una casa de $12 millones de pesos en Tepoztlán.

Ninguno.

De hecho, lo aplaudo.

Como presidente del Senado de la República, usted representa a México en foros internacionales. Debe llegar fresco, descansado, presentable. Primera clase no es un lujo; es una herramienta de trabajo. Viajar comprimido en clase turista durante diez horas para luego negociar con dignatarios extranjeros sería, francamente, una estupidez. El gobierno mexicano puede y debe pagar para que sus representantes lleguen en condiciones óptimas a cumplir sus funciones.

Su vehículo blindado tampoco me molesta. México es un país violento. Usted es una figura pública con enemigos reales. Su seguridad y la de su familia dependen de ese vehículo. ¿Por qué habría de criticarlo por proteger su vida? ¿Debería circular en un Tsuru del 95 para demostrar su autenticidad de izquierda? Sería ridículo y suicida.

Y su casa en Tepoztlán… mire, si la compró con dinero legítimo, si pagó sus impuestos, si cumplió la ley, ¿qué diablos me importa a mí dónde vive usted? Viva en el mejor lugar que pueda pagar. Procure para usted y su familia la mejor calidad de vida posible. Eso es humano, sensato, deseable.

Entonces, senador Noroña, ¿de qué trata esta carta si no me molesta su forma de vida?

Trata de algo mucho más grave que su cuenta bancaria o sus comodidades.

Trata de que usted, señor Noroña, es un mentiroso.

EL VERDADERO PROBLEMA: LA INCONGRUENCIA COMO EVIDENCIA DE MENTIRA

Durante años —décadas— usted criticó exactamente lo que ahora hace.

Cuando políticos del PRI y del PAN viajaban en primera clase, usted vociferaba indignado sobre el abuso de recursos públicos y la falta de sensibilidad hacia un pueblo que viaja en camiones destartalados.

Cuando funcionarios manejaban vehículos de lujo, usted señalaba esos actos como evidencia de corrupción, de vivir por encima de sus posibilidades, de robar al pueblo.

Cuando se revelaba que un político vivía en una casa costosa, usted preguntaba con ese tono moralizador que lo caracteriza: “¿De dónde salió el dinero? ¿Cómo puede vivir así un servidor público cuando el pueblo vive en la miseria?”

¿O ya se le olvidó, senador?

Porque a nosotros no. Internet no olvida. Sus discursos están ahí, grabados, archivados. Sus tweets están ahí. Sus entrevistas televisivas están ahí.

Usted criticaba no el acto en sí —viajar cómodo, vivir bien, protegerse— sino a las personas que lo hacían. Las llamaba corruptas. Las llamaba insensibles. Las llamaba ladrones.

Y ahora que usted está en el poder, ahora que tiene acceso a esas mismas comodidades, ¿qué hace? Exactamente lo mismo que criticó.

Y cuando lo confrontan, usted no dice: “Tienen razón, fui incongruente, me equivoqué antes o me equivoco ahora”. No. Usted sale con una retórica simplista, diseñada para sus bases: “¿Por qué un político de izquierda tiene que vivir en la miseria? ¿Por qué tengo que vivir en una vecindad?”

Es pura forma, senador. Puro espectáculo. Pura distracción.

Porque nadie —absolutamente nadie serio— le está diciendo que deba vivir en la miseria. Esa es una falacia que usted construye para evitar el tema real.

El tema real es: ¿Por qué lo que era corrupción cuando lo hacían otros, ahora es razonable cuando lo hace usted?

LA INCONGRUENCIA REVELA AL MENTIROSO

Una persona congruente mantiene sus principios independientemente de su situación personal. Si crees que viajar en primera clase con dinero público está mal, lo crees cuando estás en la oposición Y cuando estás en el gobierno. Si crees que está bien, lo defiendes siempre.

Pero usted, senador, cambió de opinión exactamente cuando cambió su situación de poder.

Eso no es evolución. No es madurez. No es comprensión más profunda de la realidad.

Es oportunismo. Es conveniencia. Es mentira.

Porque una de dos: o mentía antes cuando criticaba, o miente ahora cuando lo hace. No hay tercera opción. O estaba fingiendo indignación para ganar puntos políticos, o está fingiendo justificación para mantener sus privilegios.

En cualquier caso, usted mintió. Y sigue mintiendo.

Y aquí está el verdadero problema, senador: no es su casa, ni su coche, ni su boleto de avión.

El problema es que tenemos a un mentiroso tomando decisiones por México.

POR QUÉ LOS MENTIROSOS SON PELIGROSOS

Un político incongruente es un político sin principios. Y un político sin principios es predecible solo en una cosa: hará lo que le convenga personalmente en cada momento.

Hoy le conviene viajar en primera clase, entonces viajar en primera clase está bien.

Mañana le convendrá aprobar una ley corrupta, entonces la aprobará.

Pasado le convendrá traicionar a sus votantes, entonces los traicionará.

La incongruencia no es un defecto de carácter adorable. Es una señal de alarma. Es evidencia de que esta persona no tiene brújula moral. No tiene principios inamovibles. Solo tiene intereses cambiantes.

Y cuando pones a gente así en posiciones de poder —como presidente del Senado, por ejemplo— estás poniendo al zorro a cuidar el gallinero.

Porque el mentiroso roba. El mentiroso delinque. El mentiroso saca provecho personal de su posición. ¿Por qué no lo haría? Si ya demostró que sus “principios” cambian según le convenga, ¿por qué su honestidad sería diferente?

LA RETÓRICA BARATA NO ES RESPUESTA

Usted sabe, senador, que la retórica simplista funciona. Sabe que si dice “¿acaso debo vivir en la pobreza?” sus seguidores aplaudirán. Sabe que si se victimiza, si hace como que lo atacan por ser de izquierda, ganará simpatía.

Pero eso es manipulación. Es distracción. Es cambiar el tema.

Porque nadie —repito, nadie serio— le está pidiendo que viva en la pobreza. Lo que le estamos pidiendo es algo mucho más simple y mucho más difícil:

Congruencia.

Si vas a viajar en primera clase ahora, no critiques a otros por hacerlo.

Si vas a vivir en una casa cara ahora, no uses las casas caras de otros como evidencia de corrupción.

Si vas a disfrutar de privilegios ahora, no finjas indignación cuando otros los disfrutan.

O, alternativamente, admite que estabas equivocado. Di: “Antes criticaba estas cosas sin entender el contexto completo. Ahora que estoy en esta posición, comprendo que algunas comodidades son necesarias y razonables”.

Eso sería honesto. Eso sería maduro. Eso generaría respeto.

Pero no lo va a hacer, ¿verdad? Porque admitir que estaba equivocado requiere humildad. Y la humildad no es parte de su marca política.

EL COSTO DE LA MENTIRA

Senador Noroña, usted no me cae mal personalmente. No lo conozco. Probablemente si nos sentáramos a tomar un café sería una conversación interesante. Usted es inteligente, articulado, efectivo en su retórica.

Pero esas cualidades hacen que su incongruencia sea aún más peligrosa.

Porque usted no es un político torpe que comete errores por ignorancia. Usted sabe exactamente lo que hace. Sabe que es incongruente. Sabe que antes criticaba lo que ahora defiende.

Y lo hace de todas formas.

Eso lo convierte en algo peor que un hipócrita accidental. Lo convierte en un mentiroso consciente. En alguien que deliberadamente usa un estándar para juzgar a otros y otro estándar para juzgarse a sí mismo.

Y cuando la gente como usted ocupa posiciones de poder, el daño que puede causar es inmenso. Porque si miente en esto —en algo tan visible, tan documentado— ¿en qué más miente? ¿En qué más cambiará de opinión según le convenga?

EL LLAMADO (QUE PROBABLEMENTE IGNORARÁ)

Senador Fernández Noroña, le hago un llamado que sé que no atenderá, pero que debo hacer de todas formas:

Sea congruente o cállese.

Si va a vivir bien —y debe vivir bien, y tiene derecho a vivir bien— entonces deje de criticar a otros por vivir bien.

Si va a viajar en primera clase —y debe hacerlo— entonces nunca más use los viajes de otros como evidencia de corrupción.

Si va a disfrutar de los privilegios del poder —y los disfrutará, como todos— entonces admita que esos privilegios no son automáticamente corrupción.

O, alternativamente, renuncie a esos privilegios. Viaje en clase turista. Maneje un coche modesto. Viva en una casa sencilla. Y entonces, y solo entonces, tendrá autoridad moral para criticar a otros.

Pero hacer lo que hace —disfrutar de privilegios mientras critica a otros por lo mismo— es mentira. Es hipocresía. Es exactamente el tipo de comportamiento que corroe la confianza en las instituciones.

México no necesita más mentirosos en el poder. Ya tenemos suficientes. Varios gobiernos completos llenos de ellos.

Lo que México necesita es gente congruente. Gente que hace lo que dice y dice lo que hace. Gente en quien se pueda confiar no porque sean perfectos, sino porque son honestos sobre sus imperfecciones.

Usted, senador, no está en esa categoría. Todavía.

Pero podría estarlo. Con un simple acto de honestidad. Con admitir su incongruencia. Con cambiar.

¿Lo hará? Lo dudo. Pero la esperanza es lo último que se pierde, dicen.

Atentamente,

Todo México,

Y, Un ciudadano que viaja en clase turista, maneja un coche modesto, vive en una casa normal, y que tiene la decencia de no criticar a otros por tener más de lo que tiene.


PD: Senador, cuando lo vuelvan a confrontar sobre este tema —y lo volverán a hacer— intente responder la pregunta real. No la que usted inventa. La real: ¿Por qué lo que criticaba antes ahora lo defiende? Esa pregunta. Respóndala directamente, sin retórica, sin victimización. Solo por una vez. A ver qué pasa.

PD2: Sus seguidores van a defender esto diciendo “la derecha lo ataca por clasismo”. No es cierto. Lo atacamos por mentiroso. Hay una diferencia sustancial. Una que espero algún día entienda.

PD3: La incongruencia en política no es un bug. Es una feature. Pero eso no significa que debamos tolerarla. Mucho menos celebrarla. Y definitivamente no debemos elegirla como presidente del Senado. Pero aquí estamos. México siendo México.​​​​​​​​​​​​​​​​