AQUÍ ESTÁN TUS $ 3000 PESOS, CÁLLATE!!

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O cómo México perfeccionó el arte de la impunidad institucionalizada

Queridos y resignados lectores de La Neta:

Bienvenidos a México, el único país del mundo donde puedes cometer fraude masivo, enriquecerte ilícitamente, traficar influencias, robar millones, y al final del día lo único que pasará es… absolutamente nada. Nada. Cero. Silencio sepulcral de las autoridades. Como si fueras fantasma. Como si la ley fuera una sugerencia opcional, como las señales de tránsito o pagar impuestos.

Vivimos en una simulación jurídica tan elaborada que haría sonrojar a la Matrix. Tenemos fiscalías, ministerios públicos, jueces, leyes, códigos penales que ocupan bibliotecas enteras. Pero todo es utilería. Decorado. Teatro kabuki para mantener la ilusión de que vivimos en un estado de derecho.

La realidad es más simple y más brutal: en México no pasa nada porque no puede pasar nada, porque no debe pasar nada, porque si algo pasara, todo el sistema se vendría abajo como castillo de naipes en terremoto.

EL CASO QUE NO FUE: LÓPEZ OBRADOR

Empecemos por lo obvio: Pio López Obrador, hermano del expresidente. Tenemos videos —¡videos!— donde recibe fajos de billetes como si estuviera en el mostrador de un Oxxo cobrando la quincena. Dinero para campañas, dinero de constructores, dinero que aparece y desaparece con la magia de un ilusionista profesional.

El presidente aceptando que él ordeno que se liberará al chapito y tomándose fotos con la mama del chapo.

¿Qué pasó? Nada. El hermano del presidente recibiendo sobres de dinero en cámara y la Fiscalía General de la República mira para otro lado con la dedicación de un niño evitando hacer la tarea.

Pero es que, nos dicen, hay que ver el contexto. Hay que entender las circunstancias. No se puede juzgar así nomás. Traducción: él es de los nuestros, y los nuestros no van a la cárcel. Los nuestros apenas dan explicaciones en conferencias mañaneras donde el presidente dice que su hermano es honesto y que los videos son montajes de la mafia del poder. Y todos asentimos porque, bueno, ¿qué más da?

EL HUACHICOLEO FISCAL: ROBAR PERO BONITO

El huachicoleo —ese término tan mexicano para el robo de combustible— tiene su versión elegante en traje y corbata. Lo llamamos “huachicoleo fiscal”: empresas fantasma, facturas falsas, desvíos millonarios, triangulaciones que harían llorar de envidia a los contadores de Pablo Escobar.

¿Cuántas investigaciones serias hay abiertas? ¿Cuántos empresarios amigos del poder están siendo procesados? Pueden contar con una mano y les sobran dedos. Porque resulta que robar está mal solo cuando lo hacen los pobres. Cuando lo hacen los ricos, es “optimización fiscal”. Cuando lo hacen los amigos del presidente, es “malentendido administrativo”.

Hay empresarios que en seis años pasaron de tener una oficina compartida en Ecatepec a tener contratos gubernamentales por miles de millones. Su expertise: ser amigos de quien debe. Su capital inicial: una foto en campaña. Su consecuencia legal: ninguna.

ALFONSO ROMO Y EL MISTERIO DE VECTOR

Alfonso Romo, ese empresario que fue jefe de la Oficina de la Presidencia, tiene negocios tan enredados que ni Sherlock Holmes con calculadora podría seguirles la pista. Vector Casa de Bolsa, su empresa, está siendo investigada por el gobierno de Estados Unidos por presunto lavado de dinero.

¿En México? Silencio. La Fiscalía mexicana debe estar muy ocupada persiguiendo ambulantes que venden chicles sin factura, porque para investigar a uno de los hombres más poderosos del sexenio anterior no les alcanza el tiempo.

Estados Unidos investiga, tiene evidencias, sigue el dinero. México se hace de la vista gorda con la disciplina de un monje budista practicando la negación. Porque si empezamos a investigar a Alfonso Romo, ¿dónde terminamos? ¿Con quién más? ¿El presidente? ¿Sus hijos? ¿Sus amigos? ¿Sus socios?

Mejor no mover esas piedras. Quién sabe qué alacranes encontremos debajo.

EL GASLIGHTING NACIONAL: “LO QUE VES NO EXISTE”

Lo fascinante —y por fascinante quiero decir absolutamente demencial— es que el gobierno no solo no investiga. Activamente nos dice que estamos locos por ver lo que vemos.

Tienes videos: “Son montajes”. Tienes documentos: “Están falsificados”. Tienes testimonios: “Son de la oposición vendida”. Tienes números que no cuadran: “Ustedes no entienden cómo funcionan las finanzas públicas”.

Es gaslighting a escala industrial. Es decirle al país entero: “Yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes que estamos robando, pero como tengo el poder y tú no, voy a seguir diciéndote que lo que ves no es real hasta que dudes de tu propia cordura”.

Y funciona. Parcialmente funciona. Porque el gobierno compra voluntades con programas sociales. Le da migajas al pueblo para que el pueblo voltee hacia otro lado. Es el trato faustiano más barato de la historia: “Te doy $3,000 pesos bimestrales y tú aceptas que me robe $3,000 millones. ¿Trato?”

Y la gente acepta. Porque las migajas son reales y el robo es abstracto. Porque los $3,000 pesos pagan la luz este mes, pero los $3,000 millones robados son solo números en una pantalla.

CUANDO OTROS PAÍSES SÍ TIENEN MEMORIA

Mientras tanto, en el mundo real donde las leyes ocasionalmente se aplican:

Alberto Fujimori, expresidente de Perú, está preso. Veinticinco años de condena por violaciones a derechos humanos y corrupción. Su hija Keiko ha sido encarcelada preventivamente múltiples veces por los mismos delitos familiares. Perú no perdona, incluso cuando el acusado fue presidente.

Luiz Inácio Lula da Silva, expresidente de Brasil, estuvo en prisión. Lo liberaron, eventualmente se anuló su condena por tecnicismos, pero estuvo preso. Brasil metió a la cárcel al presidente más popular de su historia por corrupción. Imaginen el nivel de funcionamiento institucional que eso requiere.

Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta de Argentina, fue condenada a seis años de prisión por corrupción en 2022. Su esposo Néstor, también expresidente, fue investigado hasta su muerte. Argentina persigue a sus expresidentes con la tenacidad de un perro con un hueso.

Álvaro Uribe en Colombia, Rafael Correa en Ecuador, Juan Orlando Hernández en Honduras (extraditado a Estados Unidos por narcotráfico) — la lista continúa. Latinoamérica está llena de expresidentes que enfrentan o enfrentaron consecuencias reales.

Y aquí está lo irónico que me hace reír para no llorar: Enrique Peña Nieto —ese presidente tan odiado por la 4T, ese símbolo de la corrupción priista— metió a la cárcel a Javier Duarte (Veracruz), Roberto Borge (Quintana Roo), César Duarte (Chihuahua). Gobernadores de su propio partido. Los encarceló.

Peña Nieto, con todos sus defectos monumentales, demostró que al menos ocasionalmente la ley podía tocar a los poderosos. No siempre, no a todos, pero a algunos sí.

¿Y la Cuarta Transformación? Cero. Ni uno. Nadie. En el gobierno “más honesto de la historia” nadie ha ido a prisión. Porque todos son honestos, según ellos. O porque el sistema de complicidades es tan perfecto que nadie puede tocar a nadie sin que todo explote.

LA ARQUITECTURA DE LA IMPUNIDAD

¿Cómo funciona este sistema? Es elegante en su simpleza:

  1. Control de la Fiscalía: El fiscal general es nombrado por el presidente. Técnicamente es “autónomo”. Prácticamente recibe instrucciones de palacio como mesero recibe órdenes en restaurante.
  2. Complicidad mediática: Los medios críticos son pocos y bajo ataque constante. Los oficialistas repiten el mensaje: no hay corrupción en este gobierno. Los corruptos son los otros, los de antes, los conservadores.
  3. Compra de voluntades: Los programas sociales no son políticas públicas; son inversión en lealtad. Son seguro contra protestas. Son anestesia social.
  4. Destrucción institucional: Los órganos autónomos que podrían investigar están siendo desmantelados sistemáticamente. El INE, debilitado. El INAI, bajo ataque. La CNDH, domesticada. Los pesos y contrapesos eliminados uno por uno.
  5. Narrativa del perseguido: Cualquier acusación es “golpe de estado blando”, “guerra sucia de la oposición”, “venganza de la mafia del poder”. El gobierno no es investigado; es víctima. Los criminales no son los funcionarios corruptos; son los periodistas que los señalan.

Es un sistema perfecto de auto-protección. Como un organismo que desarrolló inmunidad total a la justicia.

EL CINISMO COMO POLÍTICA DE ESTADO

Lo peor no es la corrupción. La corrupción siempre ha existido. Lo peor es el cinismo con el que se ejerce ahora.

Gobiernos anteriores al menos fingían vergüenza. Se escondían. Negaban con algo de esfuerzo. Trataban de que no se notara.

Este gobierno no. Este gobierno mira a cámara y dice: “Sí, mi hermano recibió dinero, ¿y qué? Sí, mis hijos viven en mansiones que no pueden pagar con sus salarios, ¿y qué? Sí, mis amigos se hicieron millonarios con contratos gubernamentales, ¿y qué? ¿Qué van a hacer al respecto? ¿Votar por la oposición?”

Es cinismo en estado puro. Es decir: “Yo sé que tú sabes, pero como tengo el poder y tú no, no importa. Sigue con tu vida. Aquí están tus $3,000 pesos. Cállate.”

Y funciona porque, históricamente, los otros tampoco fueron mejor. La oposición no tiene autoridad moral. El PRI robó durante 70 años. El PAN durante 12. Morena durante 6. ¿Cuál es la diferencia? Solo los colores del partido.

EL LLAMADO (O EL GRITO AL VACÍO)

Pero aquí está la cosa, queridos lectores: tiene que importar. Debe importar. Si no importa, si aceptamos que “todos roban”, si normalizamos la impunidad, entonces no somos un país. Somos un territorio donde viven 130 millones de personas sin nada que las una excepto la resignación.

A las autoridades —si alguna vez leen esto entre sus sesiones de contar billetes— les digo: hagan su trabajo. Abran investigaciones. Sigan el dinero. Procesen criminales. No importa de qué partido sean. No importa a quién conocen. Si cometieron delitos, deben enfrentar consecuencias.

El estado de derecho no es negociable. No es “a veces sí, a veces no”. No es “para unos sí, para otros no”. O existe para todos o no existe para nadie.

A la Fiscalía General de la República: tienen evidencias. Videos, documentos, testimonios, número. Tienen todo lo que necesitan para investigar. ¿Qué esperan? ¿Una invitación grabada en oro? ¿Permiso del presidente? Ustedes son supuestamente autónomos. Demuestrenlo aunque sea una vez.

Al Poder Judicial —lo que queda de él después de las reformas— mantengan algo de dignidad. Cuando lleguen casos, júzguenlos con apego a la ley. No a la conveniencia política.

A los medios de comunicación: sigan investigando. Sigan publicando. Sigan siendo incómodos. Porque si ustedes se callan, no queda nadie.

Y a los ciudadanos, a ustedes que están leyendo esto probablemente con una mezcla de rabia e impotencia: no normalicen. No se acostumbren. No acepten que “así son las cosas”. Exijan. Protesten. Voten. Organizense. Porque un país donde no pasa nada eventualmente es un país donde ya no pasa nada bueno tampoco.

REFLEXIÓN FINAL: EL PAÍS QUE ELEGIMOS SER

México no tiene que ser el país donde no pasa nada. No estamos condenados genéticamente a la impunidad. No hay un gen mexicano de corrupción.

Somos el país donde no pasa nada porque lo permitimos. Porque nos resignamos. Porque aceptamos las migajas. Porque nos compraron o nos cansaron o nos convencieron de que es inútil.

Pero países tan o más corruptos que el nuestro han cambiado. Perú mete a sus expresidentes a la cárcel. Brasil hace lo mismo. Argentina persigue a sus poderosos. ¿Por qué ellos sí y nosotros no?

Porque ellos decidieron que las leyes importan más que las lealtades. Que la justicia vale más que la conveniencia. Que un país de leyes es mejor que un país de hombres fuertes.

Nosotros todavía podemos tomar esa decisión. Todavía podemos exigir que las cosas pasen. Que los criminales enfrenten justicia. Que los ladrones devuelvan lo robado. Que las leyes se apliquen parejo.

O podemos seguir siendo el país donde no pasa nada. Donde todos roban, nadie paga, y la impunidad es el único derecho verdaderamente garantizado.

La elección es nuestra. Todavía.

Desde algún lugar donde escribir esto probablemente me pone en una lista pero ya qué diablos.

PD: Si después de leer esto algún funcionario decide que ya es hora de hacer su trabajo, avísenme. Quiero documentar el momento histórico en que México dejó de ser el país donde no pasa nada.

PD2: Peña Nieto encarceló a gobernadores de su propio partido. Dejemos que eso se asiente. El PRI —el PRI— mostró más voluntad de aplicar la ley que la “cuarta transformación”. La ironía es tan pesada que podría usarse como ancla.

PD3: “Yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes” no es filosofía existencial. Es la descripción perfecta de la relación entre el gobierno mexicano y sus ciudadanos. Y mientras sigamos en ese juego, seguiremos siendo el país donde no pasa nada. Excepto la corrupción. Esa sí pasa. Todos los días.​​​​​​​​​​​​​​​​