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InicioCULTURALA FÁBULA DEL BURRO Y LA OPINIÓN PÚBLICA

LA FÁBULA DEL BURRO Y LA OPINIÓN PÚBLICA

Queridos y pacientes lectores de La Neta:

Hoy amanecí filosófico. No, no se preocupen, no es nada que un buen mezcal no pueda curar al caer la tarde, pero mientras tanto permítanme compartirles esta reflexión sobre una antigua fábula que me recordó poderosamente a nuestra querida y contradictoria sociedad mexicana.

Verán ustedes, había una vez un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo. En este punto ya podría estar hablando de cualquier campaña electoral en nuestro país, pero sigamos con la historia original.

Como el burro ya estaba viejo (como varios de nuestros programas sociales), decidieron caminar junto al animal en vez de montarse en él. Al pasar por la calle principal del primer pueblo, un comité de recepción conformado por niños malcriados —seguramente futuros diputados— comenzó a burlarse:

—¡Miren qué par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado.

Estos críticos de banqueta, como los que abundan en las mesas de los cafés de la Condesa, hicieron que el anciano reconsiderara su decisión. Así que se subió al burro y continuaron su camino.

Al llegar al siguiente pueblo (que bien podría ser cualquier colonia de clase media con aspiraciones), los vecinos, que evidentemente no tenían nada mejor que hacer con su tiempo, se indignaron:

—¡Qué desfachatez! ¡El viejo sentado como jeque petrolero y el pobre niño caminando!

Les juro que esta escena me recuerda a las juntas de padres de familia en las escuelas privadas del Pedregal, donde todos tienen una opinión sobre cómo educar a los hijos… de los demás.

Así que el anciano, mostrándonos la fragilidad del carácter humano frente a la presión social (¿les suena conocido, votantes mexicanos?), intercambió lugares con el niño.

Llegaron a otra aldea, donde los ciudadanos, expertos en indignación selectiva como buenos usuarios de redes sociales, exclamaron:

—¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Han visto algo semejante? El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando. ¡Qué vergüenza!

Nótese que estas personas, como buenos mexicanos, estaban más preocupadas por opinar que por ofrecer soluciones concretas. En fin, el viejo y el niño, ya confundidos como cualquier ciudadano después de escuchar un informe presidencial, decidieron montarse ambos en el pobre animal.

Cruzaron junto a un grupo de campesinos (o ecologistas de Polanco, vaya usted a saber), quienes comenzaron a vociferar:

—¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tienen corazón? ¡Van a reventar al pobre animal!

En este punto, uno esperaría que el anciano mandara a todos al demonio y siguiera su camino, pero no. Como buen ciudadano acostumbrado a complacer a todos y no contentar a nadie, optó por la solución más absurda: cargar al flaco burro sobre sus hombros.

Cuando llegaron al siguiente pueblo, la gente se apiñó a su alrededor. Entre carcajadas, los pueblerinos (que me recuerdan a los comentaristas de los programas matutinos) se mofaban:

—¡Nunca hemos visto gente tan boba! Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Qué par de tontos!

Finalmente, al cruzar un puente, el ruido de la multitud asustó al animal, que se liberó de sus ataduras, cayó al río y huyó hacia los montes.

¿Les suena familiar esta historia? Es básicamente lo que ocurre cada sexenio en nuestro país. Hacemos las cosas de una manera, nos critican. Las hacemos al revés, nos critican más. Intentamos un término medio, y todos se indignan. Al final, terminamos con una solución tan absurda que el burro (léase: el país) se asusta, se cae al río y sale huyendo hacia la montaña, dejándonos a todos perplejos, mojados y sin transporte.

La moraleja, queridos lectores, es que nunca podrás complacer a todos. Siempre habrá un grupo dispuesto a criticar tus decisiones, por muy sabias o estúpidas que éstas sean. Como en México, donde aplaudimos a López Portillo y su “defenderé el peso como un perro” para luego echarle la culpa de la crisis; donde vitoreamos a Fox por sacar al PRI de Los Pinos para después quejarnos de su incapacidad para gobernar; donde… bueno, ustedes me entienden.

Así que la próxima vez que se encuentren en una situación similar a la del anciano y el niño, recuerden: hagan lo que les parezca correcto y manden al diablo a los opinólogos profesionales. Porque si algo nos enseña esta fábula es que, vaya usted como vaya sobre el burro de la vida, siempre habrá un mexicano dispuesto a decirle que lo está haciendo mal.

Como dijo mi abuela: “Si quieres que todos hablen bien de ti, primero muérete”.

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